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Opinión

No solo cine

En todas las profesiones se puede encontrar gente admirable, personas a las que nos gustaría emular, que destacan por su nobleza, sinceridad y entrega. Ahí están, incluso en ámbitos quizá poco propicios, como pudiera ser el mundo del cine donde la apariencia reina hasta el punto de hacerse arte; un club hermético donde es complicado subsistir, tal y como relata Josefina Sensada, cineasta que ha deambulado con rotundo éxito por las diversas parcelas de la industria cinematográfica, hasta tornarse imprescindible dentro de ese ambiente tan arrollador y pleno de fantasía... en la más amplia acepción del vocablo.

Pero a Fina, le faltaba algo. Y lo encontró al cruzarse en su camino con un entusiasta del cine, Fernando Fonseca, cirujano traumatólogo que, con el humanismo como divisa, decidió muy tempranamente poner todo su saber al servicio de los niños más desfavorecidos del planeta. Cooperante de profunda vocación y fundador en Cataluña de Médicos Mundi, aplicó todo su bagaje profesional a implantar manos y pies a niños sin recursos, víctimas de la enfermedad o de la guerra. Fernando, médico de los pobres, poseía una vitalidad contagiosa y desarrollaba con optimismo una inmensa labor a la que, tras su muerte, quieren dar continuidad quienes más le admiraban, a través de la fundación que lleva su nombre y en la que, además de Fina, se integran personajes tan conocidos como Nacho Duato. Un ejército de colaboradores que peregrinan por el universo paupérrimo para aliviar el sufrimiento de los más vulnerables, plató donde la codicia y el egoísmo adquieren un protagonismo absoluto.

El cine nos traslada a un mundo donde todo es posible; hace verosímil lo increíble. Y ese es justamente el milagro cotidiano que también logran los cooperantes: dar vida a la ayuda incondicional a los necesitados, allí donde más falta hace.

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