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Opinión

Todo tiene un precio... ¿o no?

Ante la inminente llegada de una de las épocas marcadas en el calendario que mucha gente borraría, ya empieza a ser evidente, a un mes vista, ese movimiento en centros comerciales para hacer acopio de víveres llenando hasta la bandera las bandejas del congelador, no sea que hagamos corto...

En medio de este desmedido consumo, de la ansiosa búsqueda del último juguete que piden los pequeños de la casa (¡que se lo quitan de las manos, caballero!), de informativos que advierten de la subida de precio de los huevos con motivo de la gripe aviar, de tablas con números en fosforito sobre fondo negro que muestran beneficios empresariales millonarios, del precio prohibitivo de los alquileres, de noticias que cada día hablan de sobres con dinero, de favores y favoritismos... llamadme romántica, pero pensaba en la reflexión que quería trasladar en las líneas de esta semana, y mi propuesta tenía que ver con desmontar esa tesis de «todo tiene un precio» que me resisto a «comprar».

Pero reconozco que he tenido que darle una vuelta y un buen paseo a la idea que quería transmitir tras la escandalosa denuncia que esta semana abría todos los medios de comunicación nacionales e internacionales en la que la perversión humana supera cualquier límite racional. Qué ingenuidad la nuestra por pensar que la crueldad llevada al extremo sólo puede ser cosa del cine, a pesar de que la historia se empeña en demostrarnos lo contrario, ambición desmedida, búsqueda de la supremacía, todo por el poder... Mercenarios profesionales al servicio de quien paga, matar o morir.Sin duda, ni motivos territoriales/políticos, ni por supuesto personales (que también los ha habido) justifican los conflictos que acaban con vidas humanas, pero sigo estupefacta ante la idea de que haya ¿personas? que contraten un «Todo Incluido» con un pack compuesto por vuelo desde Trieste (Italia frontera con Eslovenia) hasta Belgrado, traslado por vía terrestre hasta las colinas de Sarajevo, rifle, munición y la posibilidad de satisfacer su propia perversión disparando contra civiles asediados en la capital bosnia por las tropas serbias entre 1992 y 1995.

Millonarios extranjeros que jugaban a ser francotiradores de fin de semana, a la caza del hombre, y que volvían a sus casas y seguían con sus «ejemplares» vidas de siempre. Pero, y ¿qué hay de los empresarios que organizaban estos «Safaris Humanos»? Espero que la investigación abierta por la Fiscalía de Milán, consiga sentar por crímenes de guerra treinta años después, a quienes participaron en algo que me cuesta calificar y a esos innombrables que adjuntaban a ese «T.I.» una lista de precios (entre ochenta y cien mil euros... para disparar a niños, pagaban más) dependiendo del tipo de asesinato.

Me viene a la cabeza esa frase: «el hombre es un lobo para el hombre», popularizada por el filósofo Thomas Hobbes en su obra El Leviatán, aunque en realidad fue pronunciada por Plauto (homo homini lupus) unos cuantos siglos antes, queriendo con esta metáfora evidenciar que el animal salvaje que habita en nuestro interior es capaz de cometer las mayores atrocidades contra su propia especie, y desde luego poner precio a un disparo para arrebatar una vida por puro entretenimiento, lo es...

Así que... quizá el desarrollo de este hilo provoque que el lector perciba que la respuesta a la cuestión inicial (¿Todo tiene un precio?) sea indudablemente afirmativa y deba rendirme a la evidencia, pero no quiero terminar estas líneas sin, al menos, intentarlo.

Probablemente el placer se puede comprar, concebido en el sentido más amplio; estoy pensando en una sesión de masaje con aceites esenciales, en el placer de viajar o en una onza de chocolate del 70% de pureza, placeres más o menos mundanos, pero... y, ¿el amor?, ¿la compañía elegida?, ¿el cuidado incondicional?, ¿los recuerdos?, ¿el olor a tomates secos colocados sobre los cañizos por tus abuelos que te traslada a un momento familiar feliz?, ¿la mirada de tu bebé recién nacido?, ¿paliar el dolor de una ausencia o la herida de una pérdida?, ¿la salud?, ¿ese abrazo en el momento en el que más lo necesitas?

Creo que podría enumerar muchos más elementos que atesoramos como una gran fortuna, que ni siquiera Elon Musk, el primer billonario del planeta podría comprar, afortunadamente...

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