Opinión
Empachados del dichoso cocidito madrileño
Hay un Madrid denso y centrípeto, formado por una sustancia amarilla biliar y patriótica, orlada de caspa de sotana, que da un patriotismo expandido incluso a Portugal si te apuras. Cuando este super Madrid irradiado por su densidad patriótica piensa en España casi como si fuera su imperio, le resbala el inconsciente y su cerebro (o como le queramos llamar) le dibuja el mapa peninsular Portugal inclusive; y a la mínima expresión periférica federal, o no digamos ya independentista, se le hace huésped el manguito rotador derecho y se le dispara el brazo al aire falangista de la unidad de destino en lo universal. Otra vez.
Esa parte oleaginosa del Madrid denso se expresa tradicionalmente, por ejemplo, en el desfile de sus fuerzas armadas, donde año tras año acude a dar asco y vergüenza insultando a cualquier presidente que no sea de los suyos. Hasta a González insultaron, antes de darse cuenta que casi también lo es.
Pues bien, en ese Madrid se cuece cada día el mismo guiso cargante de bronca política, económica, futbolística, religiosa, taurina, etc., y se sirve para toda España según las distintas cadenas (sí, sí, cadenas se llaman) de televisión. El resto de habitantes del reino recibimos con ¿menos gana cada día? el dichoso cocidito que nos sirven cada vez más pasado desde el kilómetro cero político, económico, judicial, empresarial, ferroviario, etc. de la capital.
Tal concentración de poder en una sola ciudad no sé si es saludable. Al final no sería extraño que la gente llegue a hartarse de que toda España sea Madrid; y si acaba hasta los mismísimos, igual empieza a pensar lo contrario, o sea: que nada del resto de España es Madrid. Creo que hay gentes que ya lo hacen, esto último.
Las juergas matritenses de algunos jueces, como el sujeto Peinado, ése que escribe sus autos con una prosa que da vergüenza ajena; o el menda de la UCO, el tal don Balas, que dice tan campante, delante del tribunal, que se saltó el permiso judicial y arrambló con todo el material cibernético del Fiscal, el debido y el indebido; o la mismísima emperatriz de hojalata, que dice que tampoco va a cumplir la ley, porque no le pasa, llama dictador al presidente del gobierno (además de hijo de puta, inquiocupa, etc.), y tampoco quiere publicar la lista de médicos objetores –no sea que alguno resulte objetor por la mañana y por la tarde, ya de pago, se le pase la objeción en la Quirón; todos estos, en fin, son ejemplos de la sustancia que decíamos, amarilla biliar y patriótica, que cuaja en la mini emperatriz del centro de las Españas y que, se ponga como se ponga y lo que se ponga, siempre agrada y entusiasma a esa parte oleaginosa macerada en patriotismo que es el mismo condimento del Cocido Madrileño.
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