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Opinión

Sobre el necesario cine social

Anteayer, coincidiendo con la presentación de la novena edición del Festival Internacional de Cine por la Memoria Democrática (FESCIMED), que pronto tendrá lugar en la Cineteca de Madrid, el director británico Ken Loach fue reconocido en la Academia de Cine de España con el Premio Internacional Lola González Ruiz Compromiso y Memoria de este año, que toma el nombre de una de las supervivientes del terrible atentado contra el bufete de abogados de Comisiones Obreras en Atocha 55, sucedido en enero de 1977. La presidenta de la Asociación Arte y Memoria Amparo Climent, El Gran Wyoming y nuestro Carlos Olalla, todopoderoso actor, escritor y director de FESCIMED, fueron los encargados de entregarle dicho galardón. El Premio en su categoría Nacional lo recogió la Fiscal de Memoria Democrática y Derechos Humanos Dolores Delgado.

Casi en paralelo, invitados por el comprometido director del IYFF José Luis Muñoz, hace justo unos días tuvimos la suerte de conversar con el productor y director Gerardo Herrero, en el marco de las actividades paralelas del festival extremeño Plasencia Encorto, referente y consolidada cita del séptimo arte y la educación, pedagogía de la mirada por la que también pasaron grandes intérpretes y amigos premiados como Urko Olazabal, Eva Llorach y Secun de la Rosa, y cineastas tan profundos como Pedro Solís. Pero volviendo con el autor de la mítica cinta Territorio Comanche, a Gerardo Herrero, junto a Mariela Besuievsky, les debemos muchas de las perlas de nuestro imaginario social cinematográfico. Desde los terrenos y paisajes morales y económicos de la coproducción, Gerardo y Mariela han hecho posible la quimérica construcción de identitarios, imágenes, relatos y utopías.

Y es que su productora Tornasol Films se acerca a los cuarenta años de parabienes y, con ello, el balance de bonanzas sobre las emociones, los derechos y las libertades es vasto y generoso: el flamante Oscar por El secreto de sus ojos y El hijo de la novia de nuestro apasionado y querido Juan José Campanella; la Palma de Oro del Festival de Cannes por El viento que agita la cebada del ahora reconocido Ken Loach; la brillantez de Adolfo Aristaraín con títulos esenciales como Martin (Hache) o Lugares comunes; maridajes continentales con otros genios como Arturo Ripstein, Francisco Lombardi, Andrés Wood, Marcelo Piñeyro, Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío o Alain Tanner; cañís como Joaquín Oristrell, Felipe Vega, Daniela Fejerman o Alex de la Iglesia; así como apuestas nóveles en su momento como Mariano Barroso, Cesc Gay, Daniel Monzón o Rodrigo Sorogoyen, entre otros, solo vienen a refrendar el talento y brillo fabricados por este girasol cinematográfico.

Regresando a Loach, aquí también le conocemos como el realizador de Mirambel, pues como saben en esta localidad turolense filmó su clásico Tierra y Libertad, con la ayuda, entre otros, de mi querido Paco Martín. Yo acudí al escenario como crítico de Dirigido e Imágenes, un día de junio con aguanieve, en una jornada tan imposible de rodar como el poner a toda la izquierda de acuerdo en sus dialécticas ante desigualdades y egos. Un semillero de dignidades, donde una estupenda Icíar Bollaín se mostraba alumna aventajada como ya lo hacía con nuestro eterno José Luis Borau.

El Premio Lola González Ruiz reconoce a Loach por saber plasmar «sus inquietudes político-sociales con un fuerte componente de denuncia, inquietudes a las que se ha mantenido fiel a lo largo de toda su vida, lo que ha hecho de él un referente incuestionable en la lucha por la defensa de los Derechos Humanos y la memoria democrática». Heredero de la rabia del free cinema, a partir del ascenso al poder de Margaret Thatcher y el influjo de ésta por los economistas de la escuela austriaca, a partir de los 80 la filmografía de Loach tomó partido por las clases más vulnerables y empobrecidas del Reino Unido. Lo que no todos saben es que antes, siendo hijo de un ingeniero eléctrico, Ken Loach fue «un estudiante brillante que decidió matricularse en Derecho en la Universidad de Oxford tras haber realizado dos años de servicio militar en la aviación del ejército británico». El cine ganó su atención y tras obtener una beca de la BBC comenzaría sus estudios en realización.

Todo ello fraguaría la amplitud de su mirada: «El amor no lo puede todo. El problema es el entorno social y económico que envuelve la gente. No se trata de all you need is love. Yo soy leninista, no lennonista», decía con acritud, contradiciéndose a veces con obras maestras de su cuño como Lloviendo piedras, donde justicia y esperanza se conjugaban en el haz de luz de cada proyección. A lo largo de su larga carrera, Loach ha podido recoger dos Palmas de Oro, tres premios del jurado en el Festival de Cannes, un Bafta y un Bafta honorífico, además de un León de Oro honorífico, todo por y para un más que necesario y urgente cine, llamémosle humano y social.

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