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Opinión

De financiar partidos a la cuarta de El Corte Inglés

Durante décadas, la corrupción política en España tuvo un patrón reconocible, tramas diseñadas para financiar partidos y garantizar la maquinaria electoral con que competir dopados. Desde los años noventa hasta bien entrados los 2000, los grandes escándalos, Filesa, Gürtel, la caja B del PP o el caso Palau tenían un denominador común, no se trataba solo de sobrecostes o mordidas, sino de dirigir flujos de dinero hacia las formaciones políticas. Había enriquecimiento personal, pero era más bien, un efecto colateral de un sistema donde la lealtad al partido se confundía con la lealtad al poder.

Hoy, sin embargo, el paisaje ha cambiado de forma profunda. La corrupción actual, la de los contratos exprés de la pandemia, las mordidas en los contratos públicos o los favores normativos a cambio de pagos encubiertos ya no sigue el esquema clásico. Se ha desplazado hacia un modelo más centrado en el beneficio personal inmediato, sea Ábalos, Montoro, Luceño, el PP de Almería o Santos Cerdán.

La diferencia no es menor. En las tramas antiguas, por perversas que fueran, había una lógica de proyecto, se canalizaban recursos para asegurar el músculo electoral. En las nuevas, lo que predomina es el oportunismo, intermediarios que aparecen en momentos de emergencia, asesores que utilizan contactos para lucrarse, cargos que confunden el acceso institucional con un patrimonio privado a costa de los contratos en obra pública. Las prisas de la pandemia y la obligada rebaja de los controles procedimentales por la urgencia lo aceleraron todo, mascarillas sobrevaloradas, comisionistas improvisados y una cadena de favores que sigue desplegándose ahora cinco años después.

La consecuencia política de este cambio es doble. Se atomiza la corrupción, ya no se organiza desde estructuras jerárquicas, sino desde grupos dispersos. Y por otro, se vuelve más difícil de prevenir, porque no responde a una estrategia partidaria sino a decisiones individuales, muchas veces tomadas en la sombra de la administración y siempre con la connivencia de grandes empresas privadas.

 Más allá de Paqui en el centro comercial, o el hijo del alcalde de una ciudad de Almería sacando cien mil euros en una almohada, mas allá de los titulares sobre lo anecdótico de estas tramas, la corrupción ha cambiado porque también lo han hecho los partidos. Menos militancia, menos dependencia financiera de las bases y más profesionalización. Donde antes había caja B, hoy hay comisionistas. La corrupción se ha vuelto más personal, más oportunista, y cada vez sirve menos él y tú más.

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