Opinión
Una oportunidad para Gaza
La aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU de la resolución 2803 legitima el plan de paz para la Franja de Gaza diseñado por la Casa Blanca, aunque no despeja las incógnitas esenciales para garantizar que avance desde el actual alto el fuego hacia una solución de largo alcance. Subsisten las inconcreciones del programa de 20 puntos presentado en su día por Donald Trump, se mantiene la negativa de Hamás a acatar lo aprobado, que implica el desarme de la organización, y permanece inalterable la oposición de Israel a que la comunidad palestina ejerza el derecho de autodeterminación y disponga de un Estado, posibilidad suavemente introducida en la resolución. Más allá de la dimensión histórica que el presidente otorga al momento -en este caso quizá no exagera-, el apoyo mayoritario al texto de la comunidad internacional no impide una reactivación de la crisis con cualquier pretexto como es fácil deducir de la situación sobre el terreno desde que entró en vigor el alto el fuego.
No hay duda de que, a falta de una mejor y viable, la fórmula aprobada abre una puerta a la esperanza, establece una tutela internacional sobre el proceso a través de un Comité de la Paz, presidido por Trump, que incorporará a los líderes internacionales de más peso –al menos, esa es la idea–, y permite que sea una Administración tecnócrata palestina la que se ocupe de la reconstrucción de la Franja. Pero es asimismo indudable que la resolución tiene un potencial divisivo así en el campo palestino, concretado en la posición de Hamás, como en el israelí, donde el sionismo confesional interpreta lo acordado como una claudicación. Por no hablar de la división en las filas del Partido Republicano, donde cada vez son más las voces que reclaman a Trump una mayor dedicación a la política interior, con las encuestas a la baja y las preocupaciones al alza por el curso de la economía.
La disposición de un grupo de países árabes a ser parte esencial de la fuerza internacional que debe controlar la seguridad de las fronteras, la distribución de ayuda humanitaria y el adiestramiento de una policía palestina de nuevo cuño contienen elementos de estabilización de la crisis. En cambio, la negativa de Arabia Saudí de incorporarse a los Acuerdos de Abraham si no se garantiza la fundación de un Estado palestino abre no pocas incógnitas porque, en la práctica, mantiene a la primera economía del mundo árabe al margen de la normalización de relaciones con Israel . Cobra así especial relevancia saber en qué se traduce el paso por la Casa Blanca de Mohamed bin Salman, heredero de la corona saudí, tan deseoso de tener una relación financiera normalizada con Israel como atado al compromiso de la solución de los dos Estados.
En última instancia, la resolución es un punto de partida que, vista la abstención de Rusia y China, es el único instrumento para abandonar la lógica de la guerra. Y aunque las dificultades son enormes y los intereses enfrentados justifican toda clase de temores, no se vislumbra en el horizonte ninguna alternativa exenta de las reservas que ahora se dan, por lo demás inevitables. Cierto es que el incumplimiento de las resoluciones de la ONU forma parte de la historia del conflicto, pero nunca antes la tragedia palestina tuvo la difusión y el impacto de la de Gaza.
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