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Opinión

50 años de Monarquía

Se cumplen hoy 50 años de la restauración de la monarquía en España. Una recuperación de la institución monárquica que, pese a venir de la mano del dictador Francisco Franco, permitió iniciar el camino hacia la democracia y fue refrendada constitucionalmente por los españoles. Ese hecho se produjo, en parte, gracias a que Juan Carlos I entendió, y seguramente fue aconsejado en ese sentido, que su propia supervivencia dependía de su apoyo a la mayoría social y política que quería que España se incorporara al rumbo democrático de los países de nuestro entorno. Tras cuatro décadas de dictadura y aunque Franco murió en la cama, la sociedad reclamaba la recuperación de las libertades. Pero la democracia no fue algo que llegara de repente. De hecho, en los primeros años del reinado de Juan Carlos I, existió una fuerte resistencia franquista al cambio. Durante los gobiernos de Arias Navarro e incluso durante el de Suárez hubo decenas de muertes por disparos de la policía o por la actuación de grupos fascistas. En Vitoria, en marzo de 1976, cinco obreros murieron por las balas de la policía, al ser desalojados de una Iglesia donde estaban celebrando una asamblea. En 1977, cinco abogados laboralistas fueron asesinados por un grupo de ultraderecha, en su despacho de la calle Atocha de Madrid. Son los casos más graves. Pero hubo más. Incluso un intento de golpe de Estado militar el 23 de febrero de 1981.

La decisión del rey de sumarse a quienes aspiraban a la democracia contribuyó, con sus claros y sus sombras, a debilitar a los acérrimos del franquismo. Fue su papel de entonces lo que hizo que tantos españoles, muchos republicanos, se declararan juancarlistas. El rey ganó prestigio interno y externo, una consideración que decayó, y que acabó con el juancarlismo, cuando comenzaron a conocerse algunas de sus andanzas sentimentales y económicas que le forzaron, primero, a abdicar en 2014, y, después, a abandonar España, por voluntad de su hijo, Felipe VI, en 2020.

No es seguro que haya, en España un gran fervor monárquico, y el actual rey lo sabe. Es, probablemente, más consciente de la fragilidad de la institución que encabeza que lo fue nunca su padre. Y aunque la pulsión republicana tampoco es pujante, Felipe percibe que su permanencia dependerá únicamente de la voluntad de la ciudadanía española y de que esta se sienta bien representada por la Corona, de que su comportamiento sea ejemplar y también de que no caiga en la tentación de interferir en el ámbito político. Quizá el disgusto que causó, incluso en catalanes no independentistas, su discurso del 3 de octubre de 2017, en pleno procés, le dio medida de ello.

El cambio político iniciado tras la muerte de Franco y el papel de la Corona entonces forman parte de su bagaje. Felipe VI sabe que no fue fácil. A ello se refirió ayer al hablar de la transición como «un proceso paulatino, incierto, con riesgos y abierto en sus resultados, en el que cada paso estuvo precedido por conversaciones, pactos y concesiones» y subrayar que fue posible porque se priorizó «la palabra frente al grito, el respeto frente al desprecio, la búsqueda del acuerdo frente a la imposición». En un momento de tanta polarización política como el que se vive ahora en España, esas palabras del rey podrían contribuir a la reflexión colectiva.

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