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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Lo de Almería

Lo de Almería le ha estallado a Alberto Núñez Feijóo no como una espoleta de carga retardada sino como disparo a bocajarro contra el chaleco de la ética. Estos presuntos golfos de la Diputación almeriense no son ya ex cargos de José María Aznar, amigos de Bárcenas o del Bigotes, heredados lastres de épocas anteriores, sino gente suya, actuales valores de un partido, el que dirige, que ha quedado nuevamente desvalorizado en el parqué de la moral por otro desbordamiento de barro.

Frente a dicha y penosa situación, Feijóo no ha cambiado el paso, no se ha inmutado. Igual que viene haciendo, absurdamente, con Carlos Mazón, parece dispuesto a esperar que la tormenta escampe, se olvide, y que el simple transcurrir del tiempo acabe de pasar esta sucia página de su historial. Con esa filosofía suya, la de Feijóo, tan ambigua, tan gallega, pero no a la manera tonante de Fraga ni al modo amainado de Rajoy, sino con otro estilo apaisado, plano, de folio en blanco ante la negra tinta de la tragedia, el caso Almería irá para largo y claramente perjudicará a sus siglas en Andalucía.

Vamos a ver, en cualquier caso, qué hace, si no Feijóo, la dirección general del PP frente a este nuevo suceso con clara apariencia de corrupción. Con detenciones ya practicadas, con una investigación que viene de atrás y que va a permanecer abierta, y con el sórdido fondo del enriquecimiento ilícito, inmoral, repugnante, de varios jefes provinciales que se aprovecharon de una pandemia sanitaria para enriquecer fría y metódicamente sus bolsillos.

Impresiona comprobar el gran número de cargos conservadores y socialistas que, en distintas comunidades y capitales, urdieron en el tiempo que duró el covid tramas delictivas para traficar con un material sanitario necesario a la clase médica y al conjunto de la población; respiradores, mascarillas, vacunas... Estremece pensar que lo hicieron, además, sin la menor conciencia, resultando evidente con posterioridad que, al carecer de ella, tampoco sienten ahora remordimiento ni culpa.

Los españoles están hartos de soportar a tanto chorizo como ha conseguido escalar hasta las cúpulas de los dos principales partidos, para desde allí ponerse a robar. La situación es muy alarmante.

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