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Opinión | LIBERTAD Y RESPETO

Humanidad, principal valor

Realicemos un ejercicio de reconocimiento que nos permita situarnos en el contexto del asunto sobre el que invito a reflexionar y, en consecuencia, extraer conclusiones, cada cual según considere oportuno y conforme a su libertad de pensamiento. Es imprescindible comprender que todos nosotros, sin excepción, formamos parte de la Naturaleza y que, por tanto, deberíamos ser capaces de asimilar el verdadero significado del cambio climático, fenómeno que los seres humanos hemos provocado por nuestra falta de identificación y de responsabilidad hacia aquello que nos acoge y protege.

La Naturaleza puede continuar sin la especie humana; somos nosotros quienes dependemos de ella. Así ha quedado demostrado: antes de nuestra aparición en el planeta, los dinosaurios poblaron la Tierra y, por razones desconocidas, al menos para mí, desaparecieron, mientras que la madre que los acogió siguió su curso sin dificultad alguna. Creemos que los avances logrados generación tras generación nos otorgan la capacidad de dominarla, y, sin embargo, somos incapaces de interpretar los mensajes que nos envía. Pareciera que nos dijera: «No me respetáis; afrontad, pues, las consecuencias».

Y, en efecto, se suceden fenómenos atmosféricos de todo tipo, pero nuestra actitud es tan prepotente que, al día siguiente, retomamos nuestra irresponsable forma de vida. ¿Cómo hemos llegado a esta interpretación de la temporalidad con la que nacemos? La respuesta es sencilla: consideramos la vida como una carrera destinada a acumular cuanto más, mejor. ¿Para qué? Existe un refrán español que afirma: «No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita». Si pudiéramos comprender nuestra existencia desde esa perspectiva, lograríamos convivir en paz con la Naturaleza, en un plano de equilibrio existencial y de igualdad entre nosotros, porque eso es, en esencia, la vida en democracia.

Al proyectar este escenario, no podemos olvidar la asignatura que los hombres debemos aprobar de una vez por todas: aceptar y defender que las mujeres son iguales a los hombres en libertades y derechos; que sin ellas somos seres incompletos e ineficaces. ¿No será que, durante siglos –y probablemente durante más tiempo del que suponemos–, los hombres hemos sentido una inferioridad intelectual frente a las mujeres y la hemos intentado compensar mediante la fuerza bruta? Ha llegado el momento de la igualdad, para que todos podamos aprovechar plenamente los recursos disponibles y hacer la vida más justa y sencilla para todos. Como afirma la artista Leslie Labowith: «Las mujeres reclaman la tierra», y no cabe duda de que sabrán tratarla y comprenderla mejor de lo que lo hemos hecho los hombres.

En cualquier caso, es imprescindible entender que la consecución de lo planteado requiere una mente clara. Y para generar las ideas necesarias, debemos nutrirla. ¿Cómo hacerlo? La mejor vía es la cultura, la única herramienta capaz de permitirnos alcanzar el pleno significado de ser personas.

Reflexionemos, entonces. Hemos señalado la necesidad de adoptar medidas que nos protejan frente al cambio climático y permitan una comunión real con la Naturaleza. Hemos destacado la urgencia de avanzar hacia la igualdad entre las personas, especialmente entre mujeres y hombres. También hemos reivindicado la libertad indispensable para una convivencia democrática auténtica, todo ello sustentado por una cultura limpia y transparente.

Y cabe una observación final: la negación de todo lo expuesto constituye la base ideológica –si así puede denominarse– de la extrema derecha y, lo que resulta aún más preocupante, parte de la derecha tradicional parece haber iniciado el camino de convertirse en su compañera de viaje. Confío en que sean capaces de reflexionar y regresar a defender una convivencia social justa para todos. Ojalá lo entiendan, tal como afirmaba Publio Terencio: «Soy humano y nada humano me es ajeno». La diversidad de pensamiento es la riqueza que ennoblece a nuestra especie, y su respeto nos conduce hacia la complementariedad de intereses necesaria para avanzar hacia la igualdad que he defendido a lo largo de este artículo.

Es comprensible que las diferentes maneras de entender la vida –lo que denominamos ideologías– aspiren a obtener el respaldo mayoritario de los ciudadanos y, conforme a nuestras normas, alcanzar el poder para construir el modelo de sociedad que proponen. Ello debe hacerse siempre respetando a quienes representan a la minoría, para evitar que se cumpla lo que Séneca expuso con gran lucidez: «El primer arte que deben aprender quienes aspiran al poder es el de saber soportar el odio», que es precisamente el momento que vivimos en la actualidad.

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