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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Marina

He sentido mucho el fallecimiento de Marina Heredia, tanto, al menos, como la admiraba en vida. Se nos ha ido alguien muy querido en el mundo de la cultura. Una persona ciertamente extraordinaria y una personalidad imposible de olvidar, tanto por su manera de ser como por el legado que deja tras de sí.

Que tiene mucho que ver con los libros, de la misma manera que su propia existencia se dedicó —se consagró, habría que enfatizar— a darles la vida. Porque un editor no es otra cosa que el padre y la madre de ese hijo que está por hacer, que se va gestando en la mente, en las manos, en la fantasía y en la inteligencia de un autor, pero que, para llegar a los lectores, precisa de un alumbramiento. Necesita venir al mundo con ayuda de otros para llegar a nuestras manos en las mejores condiciones posibles.

Y de eso era de lo que se encargaba, como nadie, Marina Heredia.

Su sello —Los libros del gato negro— ayudó a nacer en un plazo relativamente corto a un centenar largo de obras que, sin su devota ayuda, habrían corrido otra suerte. Año tras año, esta animosa mujer de letras, cultísima, encantadora, optimista, aragonesa por los cuatro costados, fue publicando una novela detrás de otra, un ensayo tras otro, un libro de poemas, un relato ilustrado, un cómic o, en mi caso, mis obras de teatro, que editó con un gusto exquisito y con un rigor en la corrección como yo nunca había visto, y he trabajado con una docena larga de editores.

Siempre afable y próxima, al mismo tiempo utópica y eficaz, Marina se sumergía en cada párrafo, en cada página, en cada proyecto, con un entusiasmo creciente al convencerse de que su olfato no iba a fallarle y de que lo ofrecido a los lectores desde su editorial iba a merecer su aprobación, seguramente su aplauso, y provocar en ellos el placer de la lectura. Esa sabiduría suya, tan humilde, tan esquiva al halago, al homenaje, es solo propia de las grandes cabezas, de los corazones más nobles.

Nos queda su familia —escritores, profesores, editores—, su catálogo editorial y, sobre todo, su ejemplo.

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