Opinión
Fermín, el robot
José (nombre ficticio) participaba en un proyecto pionero sobre el uso de tecnologías innovadoras para ayudar a personas en situación de dependencia que viven en casa. José, ya jubilado, tiene movilidad reducida, por lo que se desplaza en silla de ruedas. Es una persona muy sociable y con buenas relaciones en su entorno.
Entre los dispositivos que instalaron en su domicilio estaba un robot de compañía que se activaba con la voz, se desplazaba con él en la casa y le ayudaba en diversas actividades, como recordar medicación o citas, poner música, realizar videoconferencias... Incluso podía localizarle en cualquier lugar de la casa si sufría alguna caída o accidente, y avisar al familiar o al profesional que él mismo determinase.
José, que vivía sólo, recibió ilusionado al robot. Podía configurar su voz y los rasgos de la cara que mostraba en pantalla. El Comité de Ética nos había advertido que no era conveniente «humanizar» a los robots, son sólo herramientas, no pueden ni deben substituir el contacto humano. Por eso nos dijeron que no era bueno ponerles nombre ¿Qué es lo primero que hizo José...?, ponerle nombre: Fermín. Lo mismo que han hecho, invariablemente, todas las personas usuarias de estos robots.
El robot Fermín se acopló desde el primer día a las rutinas de José: «Fermín para acá», «Fermín haz esto», «Fermín lo otro»... Como una más de sus rutinas diarias, llegó la hora de ir al bar a tomar el aperitivo y charlar con los amigos. Por supuesto, ese día, ¡cómo no!, iría acompañado por su robot, Fermín.
Sobra decir el impacto que este insólito acompañante causó entre los parroquianos habituales del bar de la esquina. Fermín fue la auténtica estrella, el protagonista de todas las miradas y comentarios. Y José, presentando su acompañante robótico a todo el mundo: «Fermín, saluda a...», «Fermín ponme tal canción», «Fermín, dile a Mariano qué tiempo va a hacer mañana»...
Al ritmo de tanta presentación y tanto saludo, el bar estuvo esa mañana especialmente concurrido y animado. Y más de una ronda fue a la salud de Fermín. Por eso, cuando llegó la hora de marchar, el dueño del bar todo era insistir a José que no se olvidara de llevar a Fermín al día siguiente. «Por supuesto, mañana venimos, ¿verdad Fermín?». -«Venga Fermín, vamos a casa».
Y en ese momento Fermín se muestra completamente desorientado, dando vueltas sobre sí mismo y repitiendo incesantemente «Enchúfame a base, enchúfame a base...».
Al día siguiente, los gestores del proyecto y, en particular, los ingenieros, mostraban su enfado por el uso que José había hecho del robot, ya que tenían que resetearlo de nuevo. Pero el error no fue de José, sino de quienes no supimos programar esa herramienta -el robot Fermín-, teniendo en cuenta las rutinas, usos, necesidades y deseos de la persona que la iba a utilizar. Tan fácil como haber mapeado no sólo el domicilio sino también el entorno próximo en el que José se desenvuelve: la tienda, la farmacia, la peluquería, el parque y, por supuesto, el bar de la esquina. Que es lo que tuvieron que hacer.
Es un caso singular, posiblemente el primer caso documentado en la literatura científica y social de un robot de compañía que se descoloca ¡por ir de bares! Pero ilustra muy bien las potencialidades y también las limitaciones de algunas de las nuevas tecnologías aplicadas a las personas, en este caso a personas en situación de dependencia que quieren seguir viviendo en casa.
En la evaluación del proyecto en el que participaba José, se analizó su caso y el del resto de participantes a lo largo de dos años, con casuísticas muy varias (personas solas, otras viviendo con familiares, diferentes grados de dependencia, diferentes niveles culturales...). Se utilizaron tecnologías avanzadas en robótica, domótica y APP. Y se constataron sus utilidades para compensar limitaciones funcionales, facilitar tareas, aportar seguridad, compañía y soporte emocional. También su utilidad para complementar terapias de rehabilitación.
La conclusión es que las tecnologías ofrecen y van a ofrecer cada vez más, enormes oportunidades para la autonomía de las personas con limitaciones funcionales y para su calidad de vida. No obstante, para que sean útiles, no pueden ser invasivas, han de respetar la intimidad en un espacio tan personal como es el hogar. Tienen que ser sencillas de uso, de coste asumible, y adecuadas a las características, necesidades y deseos de la persona. Pero, sobre todo, nunca deben substituir las capacidades personales ni suplantar o limitar el contacto personal, los vínculos familiares y la conexión con el entorno.
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