Opinión | ojo avizor
La audacia de divertirse
Hace unas semanas, leyendo una lúcida reflexión de mi querido amigo el escritor Francesc Miralles sobre el término «diversión» (les recomiendo que visiten su web y se hagan adictos a Monday news, su inspirador post semanal), descubrí que, en su origen etimológico, uno de sus significados es «alejarse de lo cotidiano». Me fascinó semejante hallazgo porque va mucho más allá del concepto poco comprometido con el que asociamos esa palabra en nuestro idioma. Divertirse va, en ese sentido, mucho más allá de echarse unas risas; implica apartarse de la rutina, asomarse a nuevas vivencias, a otros escenarios. Olvidar por un rato, en definitiva, todo el lastre de las responsabilidades y la erosión que genera un día a día a menudo demasiado repetitivo y previsible.
Concebir la diversión bajo ese prisma la dota de una trascendencia especial, sobre todo si –afirma Francesc– uno afronta una realidad cargada de «gravedad, sinsabores y pesimismo que nos llega de distintos frentes». Ciertamente, la actualidad permite pocas alegrías, incluso aunque uno haya logrado construir una vida propia satisfactoria. La atmósfera que nos rodea parece contaminarlo todo de un gris poco alentador. Necesitamos ventilarnos, enfocar nuestra mirada hacia otros horizontes. Los momentos de diversión suponen, con arreglo a esa definición, una tregua en medio del desgaste diario, una necesaria dosis de distracción.
Para mí la lectura siempre ha sido divertida precisamente por ese motivo. Adentrarnos en un libro nos permite distanciarnos de nuestra vida y asomarnos a otras muchas. No se trata de huir, sino de descansar de lo conocido. Ahí está la clave. Durante la ceremonia de entrega del Premio Cervantes Chico terminé mi discurso invitando a los chicos y chicas presentes a que se atrevieran a convertirse en exploradores. Porque en eso consiste leer: en explorar. Una exploración que comienza ya cuando uno atraviesa el umbral de una librería –tiene algo de expedición sortear las estanterías, dejarse sorprender por títulos, cubiertas y sinopsis– y se encamina a esos destinos insospechados que aguardan en el papel. Por eso mismo iniciar una lectura tiene mucho de apuesta, al igual que ocurre con el cine cuando uno debe decidir en qué historia se va a sumergir a través de la pantalla; nunca sabes lo que vas a encontrarte entre las páginas, conviene guiarse por la intuición (o por la sabiduría de los libreros genuinos, esa especie tan cotizada hoy día por culpa de algunos establecimientos en los que se venden libros como podrían venderse sacos de cemento). En el espíritu romántico del riesgo que nos impulsa a elegir una lectura me encanta imaginar que late la misma audacia que caracteriza, fuera de las páginas, a los aventureros. Esa fuerza que los impulsa ha sido siempre, precisamente, el hambre por pisar tierras nuevas. ¿Y qué promete un libro, sino la oportunidad de visitar regiones desconocidas, ajenas a nuestra vida?
A la hora de provocar el descubrimiento del placer de leer entre los jóvenes, he defendido siempre el enfoque lúdico. Cuando desde el Ayuntamiento de Zaragoza puse en marcha el Premio Criticón de literatura juvenil lo tuve claro, y es un planteamiento que hemos mantenido con gran éxito (cerca de mil cien jóvenes de veintisiete centros escolares participarán este curso). El problema viene cuando desde posturas más snobs –yo las denomino «pseudointelectuales»– se asocia la diversión con la mala literatura, como si las lecturas de calidad tuvieran que ser necesariamente aburridas, difíciles. Francesc Miralles alude a Stephen King y a Paul Auster como ejemplos de grandísimos autores, entre otros, que nunca recibieron (en el caso de King, que nunca recibirá) el Premio Nobel, a pesar de haber permitido a millones de personas -y vuelvo al origen etimológico de la palabra «diversión» –alejarse de lo cotidiano, separarse de sus propias existencias para sumergirse en otras.
No me resisto a terminar mis líneas tomando prestado el cierre exquisito del post de Francesc: Nos tomamos en serio lo de pasarlo bien porque, como decía G.K. Chesterton, «Divertido no es lo contrario de serio, divertido es solo lo contrario de aburrido».
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