Opinión | editorial
Mucho más que una gigafactoría
La gigafactoría de baterías de CATL y Stellantis ya está en Aragón. No es que alguien dudara de que fuera a llevarse a cabo, sobre todo después de presentar un Plan de Interés General de Aragón que detallaba la magnitud del proyecto que se pretende levantar en Figueruelas, pero el acto celebrado ayer, con aroma a día histórico, dio buena muestra de que su importancia excede en mucho las aspiraciones de una comunidad autónoma. Es un «proyecto de país», como llegó a decir el ministro de Industria, Jordi Hereu, y también es un objetivo que «transformará la economía aragonesa» de los próximos años, como destacó el presidente Jorge Azcón. Pero sobre todo es la puerta de entrada de China a Europa hacia un desembarco de la industria asiática del sector de la automoción que tiene ya a Leapmotor a la vuelta de la esquina y quién sabe cuántas empresas más vinculadas a la fabricación de coches para las próximas décadas. Su relevancia ya es indudable y se palpaba en cada detalle de la colocación de una primera piedra de un reto que aún nadie se atreve a medir hasta dónde será capaz de llegar. Sobre todo porque las expectativas son muy altas y no es descartable que su implantación en Figueruelas sea comparable a lo que en su día supuso la llegada de General Motors a Aragón. Por la capacidad de producción que arrastrará esta inversión de más de 4.000 millones de euros, por el número de empleos que en pocos meses ha pasado de más de 3.000 a superar los 4.000 asociados a su puesta en funcionamiento y 7.000 para su construcción, pero sobre todo lo es por toda la potencial clientela que aseguran que tendrán en un mercado europeo orientado hacia un coche eléctrico que lo que es seguro que va a necesitar son baterías. Y si el sello de China tiene el éxito que se le presupone, Figueruelas se puede convertir en una referencia indispensable en el Viejo Continente para muchos años.
La gigafactoría de CATL y Stellantis ya tiene colocada la primera piedra que significa que hay un plan definido que tiene cronograma y objetivos claros para empezar a fabricar baterías desde Aragón. También expectativas de ventas, un millón de unidades al año según aseguraron cuando se dio a conocer, tan altas como las de impacto en el PIB aragonés que ya genera en la DGA este desembarco asiático. Pero también tiene incógnitas por despejar como el encaje asiático en el ecosistema europeo o si los 2.000 trabajadores asiáticos que dijo que necesitaba traer para levantar su imperio en la planta de Figueruelas serán los únicos o solo los primeros de un proyecto que afirmó que generaría puestos de trabajo en Aragón. También se desconoce si para ese contingente de empleados ha resuelto la tramitación de visados, aunque los primeros ya han comenzado a concederse, o si ya han decidido los alojamientos que se van a crear o conseguir para que puedan estar en condiciones idóneas. Porque sus inversiones se tienen que adaptar a la normativa del país y no al revés. Aunque estas dudas se irán resolviendo con el avance de un proyecto que promete un arrastre aún incalculable, sobre todo por ese ecosistema que, como pasa con los centros de datos, sigue siendo el principal aval y la gran duda que representa esta gigafactoría.
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