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Opinión | el ángulo

El reloj aragonés

Si Extremadura y Valencia proyectan certezas, Aragón podría verse empujado a seguir el mismo trayecto

Aragón encara el final del año instalado en una especie de paréntesis político. Un paréntesis incómodo, lleno de señales contradictorias, rumores de pasillo y un silencio público que suena más a cálculo que a prudencia. La pregunta es conocida ¿habrá elecciones anticipadas o habrá acuerdo presupuestario?, pero la respuesta sigue aplazada. Y lo estará, previsiblemente, hasta que pasen las Navidades. Aragón vive, por ahora, en tiempo de espera.

Nada en la política autonómica sucede de manera aislada. La mirada del Gobierno aragonés y de todos los partidos, cada uno por razones distintas está puesta en un panorama más amplio. En primer lugar, las elecciones extremeñas que funcionan como un termómetro de oportunidad, el resultado del Partido Popular y sobre todo el de Vox, aquí será bien apuntado. Aragón observa, toma nota y mide el clima.

En segundo lugar, pesa la investidura de Juanfran Pérez Llorca, un proceso que se ha convertido en barómetro de estabilidad dentro del PP y, al mismo tiempo, en indicador de cómo se ordenan las alianzas territoriales en la derecha. Lo que ocurra con Llorca no cambiará Aragón, pero sí puede alterar la percepción de la coyuntura: si Extremadura y Valencia proyectan certezas, Aragón podría verse empujado a seguir el mismo trayecto. Si muestran fragilidad, mejor esperar.

A eso se suma la prórroga presupuestaria en Cantabria, también bajo gobierno del PP. No es un detalle menor que otro ejecutivo popular haya optado por convivir con unas cuentas prorrogadas sin pagar un coste político excesivo funciona como precedente y como salvavidas para las decisiones territoriales fuera de las recomendaciones de Núñez Feijóo.

Y después está Vox, parte imprescindible para cualquier ecuación aragonesa. Su prioridad no es un misterio, prefiere unas elecciones generales antes que unas autonómicas. Vox sabe que su fuerza se amplifica en un clima nacional, con la confrontación en su punto álgido, en cambio, las autonómicas obligan a hablar de gestión, de matices, de acuerdos y cesiones que no siempre casan con el discurso estatal. Por eso, su incentivo es ralentizar cualquier movimiento que precipite un adelanto regional. Si hay que bloquear, se bloquea, si hay que dejar pasar el tiempo, se deja.

Aragón avanza hacia final de año con el gesto contenido, se respira una espera estratégica. Y así, entre señales enviadas desde otras comunidades, investiduras en proceso, prórrogas ajenas y cálculos nacionales, Aragón va asumiendo que nada se decidirá antes de Reyes. Las decisiones llegarán después, cuando el tablero nacional esté un poco más despejado y cada actor sepa con mayor claridad si conviene prorrogar, pactar... o votar.

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