Opinión | Cambio de chip
Una cuestión de perspectiva
Yo pensaba que la palabra del 2025 iba a ser «polarización», a juzgar por el número de veces que la oímos en los medios. Sin embargo, el Diccionario Cambridge ha decidido que sea «parasocial», término que describe la relación percibida entre un individuo y una persona famosa, un personaje de ficción o incluso un chatbot de inteligencia artificial con quien nunca se ha tenido una relación real. Vamos, que le hemos puesto nombre a esas conexiones imaginarias que solo existen en nuestra cabeza... o a esas relaciones perfectamente reales con seres que, en el fondo, no existen de verdad. Aunque mucha gente podría argumentar que eso de «existir» también es una cuestión de perspectiva.
Perspectiva. Otra gran palabra por la que yo habría votado en este 2025. A medida que incorporamos más tecnología, la complejidad de nuestro entorno se dispara, aunque nos empeñemos en simplificarla.
Por ejemplo: imagina que vas por la calle y unos desconocidos te paran para pedirte, en nombre de la ciencia, una muestra gratuita de tu ADN. ¿La entregarías sin más o te incomodaría pensar en los posibles usos de esos datos? Sin embargo, si en vez de pedirte tu ADN te vendieran un servicio para crear tu árbol genealógico a partir de tu información genética, la perspectiva cambia. Aunque no leamos la política de privacidad ni entendamos del todo lo que aceptamos, compramos. Y ahí está la paradoja: como vimos este año con la bancarrota de la empresa 23andMe, a los interesados en adquirir los restos del naufragio solo les importaba la base de datos genética de millones de usuarios. No sabemos si para subastarla entre aseguradoras o para contribuir a las bases de datos que han permitido, entre otras cosas, identificar a sospechosos del peliculero robo del Louvre, apenas semanas después del robo de las joyas de la corona. En este ejemplo, girando el caleidoscopio de la perspectiva pasamos de lo invasivo al entretenimiento y de ahí a lo inesperado.
Y si seguimos girando, descubrimos que la perspectiva no solo transforma cómo entregamos nuestros datos biológicos, sino también cómo cedemos algo todavía más íntimo: nuestras certezas, nuestras dudas y nuestra espiritualidad. En Suiza, una iglesia ha presentado un «Jesús de IA» para escuchar confesiones y ofrecer consejo divino –o parasocial, según se mire. A mí eso de que un algoritmo escuche mis pecados me recuerda inevitablemente a la serie distópica de Westworld, que transcurría en un parque temático donde todo estaba diseñado para que los visitantes se sintieran libres, cuando en realidad cada gesto estaba siendo analizado para descifrar –y registrar– sus inclinaciones más oscuras y profundas. De nuevo, el contexto hace magia: no le confesarías a un desconocido tus pecados, pero si nadie escucha —aunque quizá puedan acceder demasiados– la cosa cambia. Y lo más curioso es que, aunque aquí solemos tener las defensas mucho más altas, seguimos viendo a muchas personas subir sus secretos corporativos a herramientas gratuitas de IA, como si confiaran en un confesor que jamás prometió guardar silencio.
Y mientras debatimos sobre ADN y algoritmos espirituales, hay otra capa de esta historia que revela hasta qué punto las perspectivas condicionan nuestras vulnerabilidades. Fíjate en el debate reciente en Reino Unido sobre los autobuses eléctricos de Yutong. A simple vista, son un símbolo de sostenibilidad, modernidad y eficiencia urbana. Pero basta con mover ligeramente el ángulo para descubrir otra realidad: el software que los controla puede actualizarse remotamente desde China, lo que ha encendido las alarmas en Dinamarca y Noruega ante la posibilidad –por ahora teórica, pero incómoda– de que esas flotas puedan ser detenidas a distancia. El caso de los drones DJI en Estados Unidos es similar y fluctúa entre la consideración de herramientas prácticas a posibles canales involuntarios de transferencia de datos estratégicos. La complejidad e incapacidad de decidir qué parte pesa más hace que estén debatiendo la prohibición de su importación.
Una vez más, la perspectiva lo cambia todo. Lo que para un usuario es comodidad –«se actualiza solo»– para un Estado es riesgo; lo que para un ayuntamiento es eficiencia, para un experto en ciberseguridad es una potencial puerta trasera. Somos extremadamente sensibles a la idea de importar tecnología de países con los que mantenemos tensiones geopolíticas, pero sorprendentemente poco sensibles a importar –o no desarrollar– los procesos de innovación que condicionarán nuestra dependencia futura. En otras palabras: nos preocupa el aparato y el sistema del que depende, pero no el ecosistema que lo hizo posible.
Cuando unes todas estas piezas –el ADN entregado alegremente por entretenimiento, las confesiones digitalizadas en nombre de la fe, los vehículos urbanos gobernados por software extranjero– empiezas a ver que la diferencia entre lo aceptable y lo alarmante no está en los hechos, sino en el marco desde el que los miramos. En cómo nos cuentan la historia, en qué parte del relato decidimos enfocar y en cuánta comodidad estamos dispuestos a intercambiar por nuestra autonomía.
Porque, al final, casi todo en esta revolución tecnológica global es una cuestión de perspectiva. Y solo cuando nos atrevemos a girar el caleidoscopio por completo empezamos a ver la figura real, no la versión que nos han enseñado. ¿La pregunta es: estamos dispuestos a mirar?
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