Opinión | Salida de emergencia
Sin tren en la prisión
Ábalos se ha convertido en el nuevo preso VIP y sin fianza que dinamita los cimientos del PSOE en un momento especialmente delicado
La política es el lugar en el que mejor se está cuando se convierte en recuerdo y el recuerdo es borroso y no tiene aristas, solo un prisma bondadoso que concede el paso del tiempo, siempre generoso y doblemente feliz. Espero que eso sea lo que les suceda a algunos de los políticos que en estos días transitan por nuestra escena pública, ya sea a nivel nacional, autonómico o municipal, ahora que las cosas cada día están un poquito más feas y los partidos olvidan que forman parte de un bien común al que traicionan continuamente, bien a base de mordidas, de escándalos, de luchas internas, de mentiras, de deslealtades y de falsos mensajes llenos de rabia y de odio que consiguen prender todas las llamas cuando el grito pide un tiro en la nuca al presidente de un país democrático. ¿Hay razones para ello?, me pregunto y la respuesta es que no. Un político te puede caer mejor o peor, puede estar ideológicamente más próximo o absolutamente en la antípodas, pero eso no justifica el deseo verbal que implica su muerte y nada menos que con un tiro en la nuca, ejercicio que nos recuerda episodios de nuestra historia dolorosos y llenos de quebrantos.
Pero en estas estamos cuando noviembre acaricia el costado a diciembre y Ábalos se convierte en el nuevo preso VIP y sin fianza que dinamita los cimientos del PSOE en un momento especialmente delicado. Parecía un tipo discreto, todos parecen tipos discretos, tipos capaces de negar lo evidente y sostener con mano firme el látigo de su verdad con el que nos castigan, impidiéndonos cualquier deseo de futuro y convirtiéndonos en viajeros errantes que ya no sabemos en qué lugar detenernos ni por qué razón. Suenan todas las campanas cuando todavía no son las doce y ni siquiera el tren ha partido, porque el jefe de estación sigue esperando al último viajero, ese que traerá consigo la cordura y que quizá devuelva la ilusión y la esperanza y acierte a entender que la política es un lugar al que hay que llegar limpio y marcharse impoluto y no una frontera para crear bandos, un espacio en el que hacerse ladrón, un desván en el que acumular las miserias de los otros o un campo lleno de granadas en el que la verdad queda sepultada, porque ciertamente bien poco nos aprovechó. Como ese jeroglífico con el que de niños supimos que la gente siempre esperaba verlos pelearse… O chocar, porque esas dos resultaban ser las únicas opciones relevantes.
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