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Opinión | Tercera página

César y nada

Se cumplen en estos días sesenta años de la muerte de César González-Ruano, que fue famosísimo en su tiempo y ahora es casi un olvido. César fue el maestro de mi maestro y esta circunstancia le convierte en algo así como mi abuelo periodístico, acaso por eso lo recuerdo de vez en cuando. Esas cosas de los parentescos estrambóticos le gustaban. Él mismo decía que era cuñado del rey (Alfonso XIII) por la mano izquierda, aludiendo a un complejo y folletinesco lío de filiaciones entre la mujer con quien vivió casi toda su vida, su hermana o tía Carmen, y la hija de esta... En fin, cosas de aquellos tiempos que seguramente son las mismas que las de estos, aunque no nos demos tanta cuenta.

Solía decir de sí mismo que era un señor vestido de golfo, «a diferencia de otros, que son golfos vestidos de señores». Fue uno de los escritores más leídos de su tiempo y probablemente el que gozó de peor fama. Es dueño de una leyenda negra sobre sus años en París durante la ocupación nazi que habla de que traficaba con obras de arte y joyas, y Eduardo Pons Prades, un militante anarquista, lo vinculó con la matanza de judíos, involucrado en el mercado negro de salvoconductos para los que trataban de huir y que luego eran asesinados por el camino.

A uno, todo lo que le cuenten de César, ya sea maravilloso, ya sea terrible, siempre le cuadra. Es aquello que dicen los italianos: si non e vero e ben trovato. César era capaz, al mismo tiempo, de lo mejor y de lo peor, de, simultáneamente, ser César y nada. Era, al mismo tiempo, un disciplinadísimo trabajador, esclavo de los cinco artículos que llegaba a producir diariamente (tres escritos en el café, por la mañana, dos dictados a su secretaria por la tarde), y un bohemio que gastaba más de lo que ganaba, que daba sablazos, que vivía siempre al borde de casi todo, que robaba cucharillas de plata en las casas de sus amigos.

Yo me hubiera tomado un café con César, en el Gijón o en el Teide, donde recaló los últimos años. Ya, ya sé que probablemente no era el mejor tipo del mundo, pero probablemente nadie es el mejor tipo del mundo. Me hubiera gustado tratarlo, dejar que me mintiera y que me sableara, escuchar la voz cavernosa que dicen que tenía, verle pedir «recado de escribir» para enjaretar una de las columnas con las que al día siguiente se desayunaría media España.

Claro que, puestos a pensar, me hubiera tomado un vino (yo, que soy abstemio) con Quevedo; unas natillas con Juan Ramón Jiménez (cenaba eso casi todas las noches)... Pero uno está atado a sus contemporáneos, como la columna lo está a la actualidad, aunque esta me haya salido con cara de efeméride.

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