Opinión | El ángulo
La esperanza puede al miedo
Hoy, mientras un grito reciente contaba que «la historia ya está escrita», conviene recordarnos que la historia la hacen quienes actúan y también quienes exigen que el poder rinda cuentas. Esa convicción, esa esperanza institucional, se puso ayer a prueba en tres frentes.
Por un lado, la manifestación del PP en Madrid con entre 40.000 y 80.000 asistentes, según distintas fuentes, sacó a la calle el malestar político y la presión de la derecha, alimentados tras el reciente ingreso en prisión preventiva de Ábalos y Koldo García por su presunta participación en una trama de contratos irregulares durante la pandemia. De ese espacio de obligada relajación de los controles administrativos por la urgencia de las compras de material sanitario seguimos tirando de los hilos. Uno de ellos enreda familiarmente a Isabel Díaz Ayuso, que el domingo no se limitó a criticar al Gobierno, volvió a inventarse que vivimos en un gobierno totalitario, como el nazismo o el socialismo de Stalin, o sea de aniquilación física al adversario, aderezado por la mentira de que ETA está preparando un golpe. Ese discurso cargado de miedo, mentira y de amenaza pretende sembrar desconfianza y derrota moral, más que ofrecer un proyecto colectivo.
Por otro, la persistente presión de grupos afines a Vox, esta vez la organización juvenil Revuelta más HerQles, más Plataforma 711, y otras agrupaciones neonazis a la puerta de la sede del PSOE en Ferraz ejemplifica otra dimensión del asalto al pluralismo: intimidación, acoso mediático, hostigamiento a periodistas, violencia simbólica. No es anecdótico, estas manifestaciones buscan condicionar la libertad de expresión y silenciar voces críticas. Esa estrategia de miedo, de agresión al disenso, se convierte en una amenaza directa a los cimientos mismos de la democracia.
Y, por último, el ingreso en prisión preventiva de Ábalos y Koldo García representa lo peor que puede ocurrir en la política cuando degeneran los mecanismos de supervisión. Que un exministro entre en prisión no es sólo un escándalo, es una llamada de alerta, y llevamos cuatro en época reciente si sumamos Rato más Zaplana más Matas.
Decir que «la historia no está escrita» no es optimismo ingenuo como el de Mamdani sino que es una advertencia consciente. Las manifestaciones deben servir para fortalecer el debate público, no para aterrorizarlo. Los periodistas puedan informar sin miedo, que los ciudadanos podemos exigir democracia real, que las instituciones deban recuperar su prestigio. Solo así podrá volver a abrirse un espacio de confianza en el que la política sea palabra de futuro, no amenaza de retroceso.
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