Opinión | Sala de máquinas
Pasolini
Cuando se cumplen cincuenta años de la muerte de Pier Paolo Pasolini en el puerto romano de Ostia, la editorial Nórdica ofrece a sus lectores el que puede considerarse su testamento literario: Petróleo. Se trata de un libro que difícilmente podría etiquetarse, considerarse una biografía, una novela o un ensayo porque tiene un poco de todo eso y mucho más. Contiene, atesora, realmente, la manera de ser, de pensar y de escribir del genio italiano. Es cierto que Pasolini pasó a la historia, sobre todo, por sus películas; pero también ejercería, con menor fama pero con el mismo talento, la crítica literaria y cinematográfica, la poesía, el teatro, el periodismo... Prácticamente todos los géneros que es posible abarcar.
Petróleo, ejercicio literario sin orden ni medida, sin bridas y sin espuelas (como diría Lorca), se concibe muy globalmente al modo de una especie de novela fragmentaria, con tintes autobiográficos y generacionales, montada sobre una Italia emergente de la segunda guerra mundial, trágicamente derrotada, mediante escenas o cuadros a que a veces protagoniza un mismo personaje y otras se abren a episodios y subtramas. Que en ocasiones se inician con un capítulo de aparente cariz costumbrista, pero para rematarlo en un tono irreverente, políticamente incorrecto, incluso salvaje o repugnante, al estilo de Saló.
El tratamiento sexual, extremo, apabulla y somete o es rechazado por lector, sin término medio. Lo mismo sucede con su concepto del poder, de la familia, del dinero y de la nación.
Asombra, antes de que nos adentremos en los tortuosos interiores de la personalidad del narrador y del eco de su padre, que por ahí asoma, su prosa precisa, sugerente y variada. No en vano, Pasolini se consideraba, ante todo, un escritor. Lo fue. Sus personajes están esencialmente vivos. Y de una manera plena, sin la menor censura. Siendo esta una de las obsesiones del genio italiano: abrir la cabeza de sus criaturas hasta ver y palpar la latencia y surgencia de sus ideas, pensamientos y sentimientos.
Una lectura asombrosa, subversiva, inimitable. Gracias a su burbujeante creación tenemos la sensación de haber conocido un poco mejor al inmortal autor de Teorema. Pero solo «un poco»...
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