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Opinión

Auto 2030: última oportunidad

El Gobierno español y las asociaciones que representan a todos los agentes del sector automovilístico presentaron ayer el Plan Auto 2030, con una inversión de 1.400 millones de euros para 2026 y la ambición de no solo mantener a España en el mapa de los grandes fabricantes, sino de incrementar la aportación al PIB español de 85.000 a 120.000 millones de euros. Se trata de un proyecto, y esa es una novedad esperanzadora, elaborado conjuntamente con los agentes privados y asumiendo, por fin, el diagnóstico, repetido una y otra vez, sobre las causas de la baja implantación del coche eléctrico en nuestro país. De un sistema de ayudas a la compra engorroso, que obligaba a esperas para recibirlas o a que los vendedores tuvieran que adelantar su importe, se pasa a la aplicación de las ayudas directamente a la compra del vehículo, e incorporadas de forma transparente y automática al precio real de venta. Nada que otros países, como la vecina Portugal, no hayan aplicado ya con éxito. El Gobierno se compromete también a apoyar (económicamente y levantando barreras normativas) la instalación de puntos de carga en las zonas de sombra del territorio que hasta ahora hacen que muchos potenciales usuarios del coche eléctrico sigan dudando. Otro factor que ha resultado un freno hasta ahora (y que además, de no encontrar respuesta, genera malestar y rechazo al mismo objetivo de la electrificación de la movilidad) es la disponibilidad de vehículos asequibles, con un precio proporcionado a la capacidad de compra de gran parte de los usuarios españoles. Y esa oferta puede venir por la innovación de los fabricantes europeos o por la importación de vehículos producidos desde Asia. Por ese motivo es significativa la apuesta en el Plan Auto 2030 no solo por estimular la activación de un mercado aún latente sino también por apoyar la I+D que haga de los productores locales competitivos internacionalmente.

La electrificación del automóvil llegará, por imperativos ambientales que no tienen vuelta atrás y por un marco regulador europeo que quizá puede ceder a las tentaciones de dilatar el calendario pero que tampoco es reversible. La gran pregunta es si Europa (y España con ella) aprovechará las oportunidades o se caerá de esta carrera industrial. El llamamiento desde el plan a fomentar las «inversiones bien hechas en España» lleva implícita la necesidad de reflexionar sobre qué exigencias deben acompañar a las ofertas para captar inversiones de países como China que, de limitarse a la instalación de plantas de ensamblaje, pueden aportar poco valor añadido y entrar en conflicto con los intereses generales de la economía europea.

España ha encadenado desde 2019 sucesivos planes de ayuda a la compra de coche eléctrico (los programas Moves I, II y III). A cada constatación de que España se estaba quedando atrás, y a cada queja (algunas de ellas sonadas) desde el sector por la falta de compromiso gubernamental, se han sucedido otras tantas promesas de apostar a fondo por el coche eléctrico. Esta vez parece que se han asumido por fin los errores cometidos hasta ahora y se pasa del diálogo infructuoso a la colaboración. España no se puede permitir otra vez que las palabras se las lleve el viento. El Plan Auto 2030 es probablemente la última oportunidad de que España siga siendo un actor relevante en el mundo del automóvil y una potencia exportadora con la capacidad de mantener casi dos millones de puestos de trabajo vinculados a todos los eslabones de la cadena de valor.

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