Opinión | EL ÁNGULO
Entre hoteles clausurados y parques desahuciados
Hace apenas unas horas, el Gobierno de Aragón, o al menos sus inspectores, decidía retirar la licencia de hotel a cuatro establecimientos, dos en Huesca, dos en Zaragoza que venían acogiendo migrantes bajo acuerdos de acogida humanitaria. Según la normativa, esos alojamientos habrían dejado de reunir las condiciones exigidas a un hotel, por el hacinamiento, el uso distinto al turístico o la ausencia de accesos diferenciados. La pérdida de las características por las que fueron registrados sólo les deja optar a ser hostales o pensiones.
Al mismo tiempo, en la capital aragonesa, el Ayuntamiento de Zaragoza procedió al cierre del Parque Bruil, desalojando a 25 personas sin hogar que dormían allí, colchones sobre el césped, campamentos improvisados que no paraban de crecer. El argumento oficial es el de la insalubridad, van a desinfectar y vallar todo el entorno. A los afectados se les ofreció traslado a albergues municipales o refugios, que fueron noticia esta semana por aumentar en 40 plazas, y conveniar 25 plazas más con La Hermandad de El Refugio.
Dos gestos administrativos de carácter firme y con efectos simbólicos muestran que, cuando la inmigración irregular, el sinhogarismo o la precariedad migratoria se visibilizan, la respuesta es la expulsión, no la integración . Y con carácter político se acercan a los presupuestos de Vox de contención migratoria, prioridad al orden y seguridad frente a lo social. Cuando se devalúa a un hotel con migrantes, cuando se levanta un parque en el que pernoctan sin hogar, ¿qué mensaje llega a la sociedad? Que migrantes es sinónimo de problema.
Eso no significa necesariamente que el Gobierno aragonés comparta ese relato completamente, puede que esté actuando dentro del marco legal, regulando usos, tratando de evitar situaciones insostenibles. Pero la ausencia de una alternativa real una política que integre, que ofrezca realojos dignos, que no expulse sin soluciones definitivas revela una omisión. Y en esa omisión el terreno queda abonado para quienes plantean que «la inmigración descontrolada» o «el sinhogarismo extranjero» son la fuente del problema.
Aragón parece moverse por la cuerda floja, entre la responsabilidad administrativa y el populismo que algunos le solicitan. Y en ese vaivén corremos el riesgo de que el miedo cotidiano termine acercando, más de lo que muchos creen, las políticas locales a las propuestas de Vox.
Y en tiempos donde muchos sienten que algo hay que hacer, el control suena para algunos como la única opción, con elecciones anticipadas o sin ellas, porque estos flujos son de fondo y de largo recorrido, y lo veremos el 21 de diciembre en Extremadura.
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