Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA
No es verdad, Majestad
A finales del pasado octubre don Juan Carlos de Borbón concedió una entrevista al periódico francés Le Figaro y a lo largo de varios días en este medio, y en otros muchos, se han ido publicando titulares llamativos. Finalmente, el 5 de noviembre ha aparecido en francés el libro de memorias con un título sorprendente: Reconciliación.
En su contenido hay material para muchos análisis ya que este señor ha manifestado una soberbia sin límites y solo el inicio de un cierto trastorno mental senil ha podido llevarle a hacer algunas afirmaciones. Vaya por delante que un libro de memorias es eso, de memorias, sin que el autor, directo o indirecto, como es en este caso, tenga obligación de decir la verdad. A pesar de esto que acabo de afirmar me parece imperdonable que haga manifestaciones que sabe perfectamente que son falsas, insultantemente falsas.
Afirma que Franco lo nombró sucesor, lo cual es cierto, y que lo hizo para que construyera un régimen más abierto, lo que es falso. Y apostilla: di la libertad a los españoles al establecer la democracia, algo que es falso y ofensivo.
Cuando el 22 de noviembre de 1975 juró su cargo afirmó, por dos veces, que iba a ser el rey de todos los españoles. En esta frase hay toda una declaración de intenciones, pero debemos saber que no se la dictó Franco y ni siquiera él mismo, fue Torcuato Fernández-Miranda, su principal asesor político del momento, quien la escribió. Desde el primer minuto de su reinado vemos que no es él quien decide, hay alguien que le indica qué hacer. Lo que ocurrió a partir de ese día no fue lo que su voluntad quiso, fuimos nosotros, todos, unos más que otros, pero todos los españoles los que construimos el futuro por venir. Nadie nos regaló nada. Él pudo perfectamente abandonar España, como hizo su abuelo en 1931, si el rumbo a seguir por voluntad de todos nosotros así lo hubiese exigido. Los partidos políticos, aún ilegales; los sindicatos, los de clase, no los verticales, con sus principales dirigentes encarcelados; los trabajadores; los movimientos vecinales, ya desarrollando músculo; algunos católicos organizados en la HOAC y otras organizaciones confesionales con unos pocos sacerdotes al frente; y millones más, casi todos empujando en la misma dirección. Y con algunos, como él, claro, con mayor protagonismo, cierto.
Ni siquiera en una de las más importantes decisiones que tomó, el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del gobierno, lo hizo por su exclusiva voluntad.
Cuando asumió la jefatura del Estado no lo hizo exactamente con los mismos poderes que tuvo Franco, creer eso es un error. En las leyes fundamentales del régimen se creó la institución del Consejo del Reino que, es obvio en una dictadura, no planteó nunca la más mínima pega a Franco, pero que fue creado para tutelar al sucesor y el ejemplo más claro lo tenemos en el nombramiento del presidente del gobierno, que el rey tenía que elegir entre tres, la famosa terna. No podía poner a quien quisiese, no, sería este órgano quien marcase al monarca el camino a seguir. Fue Torcuato Fernández-Miranda quien consiguió, en una filigrana maravillosa, incorporar a Adolfo Suárez a esa terna junto a Federico Silva Muñoz y Gregorio López Bravo.
En otra de las grandes decisiones de la transición que él parece atribuirse, la legalización del partido comunista, sí sabemos que Suárez se lo consultó, pero quien decide que sí hay que legalizarlo y cuándo y cómo hacerlo es el presidente, no el rey.
Sobre los poderes que parece atribuirse hay que hacer un pequeño recorrido. Fue rey por expresa decisión de Franco, eso es incuestionable, y según el artículo sexto de la ley orgánica del Estado cuando se convirtió en monarca, el 22 de noviembre de 1975, personificaba la soberanía nacional, pero en la ley 1/1977 para la reforma política, en su artículo primero se dice textualmente: «la democracia en el Estado español se basa en la supremacía de la ley, expresión de la voluntad soberana del pueblo». Esta ley fue sometida a referéndum y ratificada por el 94,2% de quienes fueron a votar, el 77,8% del censo electoral. A partir de su entrada en vigor el rey ya no era el soberano de las leyes franquistas, lo que mermaba de forma muy notable sus poderes, así que difícilmente pudo transmitirle a su hijo algo que no construyó él. Cuando el 15 de junio de 1977 los españoles votamos por primera vez desde la república se constituyeron las cortes previstas en la LRP, que asumieron el ejercicio de la soberanía popular, aspecto que don Juan Carlos parece olvidar en sus lamentables memorias.
Y puestos a redondear este repaso histórico, la constitución que vino a consumar el gran proyecto político de la transición, regula con todo tipo de detalle las funciones, absolutamente regladas, del rey y demás miembros de la Familia Real en una monarquía parlamentaria.
Así que, para concluir, majestad: no es verdad que usted construyese nada. Lo hicimos entre todos. Y ya que parece querer reconciliarse (eso dice el título de sus memorias) le recuerdo lo ocurrido el 10 de noviembre de 2007 en la Cumbre Iberoamericana celebrada en Chile, cuando le dijo a Hugo Chávez: «¿Por qué no te callas?». Pues eso.
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