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Opinión | El artículo del día

Una defensa de ‘el espíritu del 78’

Ahora que se van a cumplir cuarenta y siete años de la aprobación de la norma fundamental, mucho es lo que en los últimos tiempos se comenta sobre lo que se ha venido en llamar el «espíritu del 78», y en ocasiones no solo con falta de rigor sino, lo que es peor, con desdén o displicencia, sobre todo por personas que por razones de edad, no vivieron dicha época o no la vivieron como adultos.

Cunde la especie en los ambientes neoprogresistas de la izquierda joven, colorinera y dicen que revolucionaria, de que todo aquel proceso que culminó en la aprobación de nuestra Carta Magna, fue poco menos que patio de monipodio entre las diversas fuerzas políticas de entonces, que fue un «enjuague» en el que ganaron los de siempre y que la situación social, económica y política tan depauperada que actualmente padece España es «consecuencia de aquello» y no «a pesar de aquello». Evidentemente estas líneas no pretenden convencerles, ni tan siquiera moverles a la reflexión (sería una petulancia pretender semejante empresa), pero sí expresar mi opinión sobre lo que fue «aquello».

Enterrado Franco pero ni mucho menos enterrado el franquismo, se sintió la necesidad de proceder a la reconciliación nacional después de una guerra civil ignominiosa que tanto sufrimiento y muerte dejó en los dos bandos, y así se establecieron los contactos ya iniciados tiempo atrás. Nótese la primera diferencia con hoy: entonces se sentaron a hablar y negociar personajes políticos pertenecientes, por un lado, a una derecha montaraz, enseñoreada por haber ganado una guerra y que todavía tenía en su ropero camisas azul mahón; en las sillas de enfrente teníamos una izquierda aguerrida y curtida, que venía del exilio, de los campos nazis, de la cárcel o en el mejor de los casos, de la clandestinidad. Y llegaron a acuerdos, acuerdos de Estado a pesar de sus irreconciliables discrepancias en muchos puntos. Si hablo de diferencia es porque hoy dirigentes treintañeros de la derecha ultramontana y de la izquierda radical, nacidos incluso después de 1978, solo se sientan juntos en los actos institucionales y porque no les queda otra. Cualquier conato de reunión (no hablamos ya de acuerdo) hoy deviene imposible y los favorecedores del mismo serán tildados de traidores por sus propios correligionarios en lugar de como personas valiosas por su capacidad de diálogo y negociación. A esto hemos llegado.

Se aprueba, pues, la Constitución, en la que participaron tanto personas que vivieron la guerra como una segunda generación que nació en la inmediata posguerra. Es entonces cuando entra en escena una tercera generación a la que pertenezco: aquella que estrenamos mayoría de edad y acceso a la Universidad con la Constitución recién aprobada.

¿Y qué nos encontramos entonces aquella tercera generación? Una Constitución flamante, democrática, con una larga lista de artículos, donde se reconocían derechos fundamentales nunca vistos en España... pero sin desarrollar, claro está. Todo eran grandes principios y además las leyes que tenían que dotar de contenido a la misma iban como los Regulares cuando desfilan, a paso lento (la ley de consumidores tardó 8 años y la de objeción de conciencia, 20 por poner dos ejemplos relevantes). Recuerdo las primeras elecciones a claustrales, las Juntas de Facultad y las caras de algunos cátedros cuando alegabas algún derecho reconocido y supuestamente vulnerado y te miraban de soslayo con sonrisa indulgente como diciendo «mira el listillo». Esta generación también tuvo mucho que ver con el asentamiento del régimen de libertades que nuestra Constitución estableció y por ello y frente a los intentos de banalización, quiero romper una lanza por ella y por lo que significó en su momento.

España, por primera vez en su historia (y no es casualidad que desde 1978) está en el furgón de cabeza de los países más desarrollados y democráticos del mundo. Formamos parte de todas las grandes organizaciones internacionales, de la moneda única, y estamos codo con codo con las potencias de nuestro entorno. Y esto, que ha sido producto del esfuerzo de los españoles, no se hubiera podido hacer sin el consenso que llevó a redactar y promulgar nuestra actual norma suprema. Es verdad que han pasado más de cuarenta años desde entonces y que la misma es manifiestamente mejorable. Es también un hecho notorio que la Constitución es como la selección española de fútbol: cada español tiene en su cabeza la suya y no hay dos iguales, pero a pesar de todo sigue funcionando y tendrá que seguir haciéndolo muchos años dado que para su reforma además de una mayoría parlamentaria cualificada hoy difícil de conseguir, hacen falta dosis de seriedad, rigor, ganas de «sentarse», respeto al adversario y talante democrático que hoy por hoy no existen. Sobra, eso sí, postureo, revanchismo, ganas de hacerse la foto y mucha voz ronca de la noche anterior.

Vaya por ello mi respeto, aprecio y reconocimiento a nuestra norma fundamental, porque visto lo visto sigue siendo la mejor... de las posibles hoy día.

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