Opinión
La política de las luces
La imaginación de quienes gobiernan cada año llega más lejos para el encendido navideño y ahora ya no basta con tener el árbol más alto
Dicen que activa económicamente las ciudades, que alimenta el alma, que provoca felicidad y una eterna sonrisa. Son mágicas, son las luces que cada año iluminan las ciudades para recibir a la Navidad, cada año un poco antes y cada año más sofisticadas en su arquitectura, en su luminotecnia y en su mensaje claramente político. ¿Qué ciudad puede escribir su nombre si no cuenta con una iluminación que recorra su centro entre angelotes, árboles que acarician el cielo, mares de luces, belenes y toda una suerte de imágenes religiosas y de bondadosa naturaleza? Ninguna. Y por eso la imaginación de quienes nos gobiernan cada año llega más lejos en esto del pistoletazo de salida de la iluminación y ahora ya no basta con tener el árbol más alto o mejor iluminado, ni contar con el mayor número de luces led que hacen de los centros urbanos avisperos de luces contra luces, mientras el resto del territorio se mueve entre la oscuridad y la despoblación.
No, ahora también hay que tener un maestro de ceremonias y ahí vemos a Richard Gere procediendo al encendido en Murcia, cual mago que saca de la chistera un jilguero que nos invita a ver la vida como si todos fuéramos Richard Gere y siempre fuera Navidad, pero desgraciadamente las cosas no son así y Richard Gere solo hay uno y Navidad es una fecha en el calendario en la que pasan cosas bonitas y feas, como en el resto de los meses del año.
No soy una negacionista de las luces navideñas, no es mi estilo y recuerdo que en las épocas en las que el discurso político barría hacia el otro extremo con aquello de ahorrar y proteger al planeta, yo pensaba que un poquito más, solo un poquito más de iluminación sería casi perfecto. Pero ahorrar era importante y proteger al planeta también y parecía un discurso cuerdo, lógico, nada extravagante, como cuando tu madre te decía que el pescado era bueno y los garbanzos necesarios y tú obedecías porque una madre sabe todo lo que tienen que aprender sus hijos.
Ahora el discurso es todo lo contrario, es extravagante, lleno de locura y de derroche y la madre invita al consumo desaforado y bajo el manto de luces que impiden ver el cielo nos emborrachamos con esta nueva forma de hacer política en la que solo lo que brilla cuenta, sin entender que el horror asusta más en medio de la belleza.
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