Opinión | el comentario
Las dos opciones de Ursula von der Leyen y la desprotección del ruso en Ucrania
Obsesionada con proseguir como sea la guerra de Ucrania, en la que no muere ninguno de los suyos, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha presentado a los países miembros dos opciones.
La primera es intentar captar capitales en los mercados con el aval del presupuesto comunitario, dinero que se ofrecería luego como préstamo a Kiev.
Algo que, según reconoció la alemana, presenta un problema y es que la decisión debería adoptarse por unanimidad de todos los miembros del club.
Ese dinero habría que devolverlo y en la situación de crisis presupuestaria en que se encuentran hoy la mayoría de los países parece difícil: supondría una ulterior merma del Estado de bienestar, del que tanto se ufana Europa.
El presidente ucraniano, Volodìmir Zelenski, o quien le sustituyese, utilizaría ese préstamo para reconstruir el país una vez alcanzada la paz, pero lo más inmediato y probable es que lo emplease para comprar armamento sobre todo a EEUU con el que seguir combatiendo a Rusia.
La segunda opción que presentó von der Leyen es la vieja idea de utilizar los multimillonarios activos rusos ilegalmente congelados por Occidente y no sólo los que están en el banco Euroclear, con sede en Bélgica, sino también en el resto de los institutos financieros de la UE.
Como en el caso anterior, Kiev tendría que devolver ese crédito, empleando para ello, se supone, el dinero de las reparaciones que tuviese que pagar Rusia.
Pero, que uno sepa, las reparaciones las pagan quienes pierden una guerra, como le sucedió en su día a Alemania, y sólo en las trastornadas mentes de von der Leyen, Macron, Merz, Starmer y otros líderes europeos cabe aún esa posibilidad.
La ventaja de esta segunda opción frente a la primera es, según la propia presidenta de la Comisión, que sólo haría falta para su aprobación una "mayoría cualificada", es decir que podría aprobarse incluso con la oposición de Hungría, Eslovaquia y la propia Bélgica.
El ministro belga de Exteriores, Maxime Pérot, reiteró las objeciones de su país a la legalidad de ese plan y calificó de «totalmente inaceptable» la utilización de los activos rusos.
No piensa así su colega polaco, Radoslaw Sikorski, según el cual la apropiación de esos activos es «la carta que Europa puede poner sobre la mesa en apoyo de Ucrania».
Según el «halcón» polaco, que está casado con la periodista neocon estadounidense Anne Applebaum, sólo cuando Putin vea que Ucrania tiene apoyo financiero para dos o tres años, «reconsiderará sus condiciones, rebajará sus ambiciones y estará más inclinado a firmar un acuerde de paz».
Para completar el panorama, esta vez desde la propia Ucrania, se ha sabido que su Rada (Parlamento) ha decidido eliminar el ruso, que millones de ucranianos – entre ellos el propio Zelenski, tienen como idioma materno, de la lista de lenguas protegidas.
Según la Rada, el idioma de Pushkin, Gogol, Dostoyevski y Pasternak, no estará ya protegido en Ucrania por la Carta Europea de lenguas regionales o minoritarias, que se enmarca a su vez en el tratado del Consejo de Europa, destinado a proteger las lenguas minoritarias de los países miembros en todos los sectores de la vida pública.
Así, por ejemplo, en el caso de Kosovo, tanto el albanés como el serbio están reconocidos y gozan del mismo status. Y aparte de esos dos, lo están igualmente otros idiomas hablados por al menos un 3 por ciento de la población como puede ser el bosnio, variante del serbocroata.
¿Por qué, sin embargo, no sucede lo mismo con las minorías rusas y el idioma ruso, no ya sólo en Ucrania, sino en las Repúblicas Bálticas, sobre todo Letonia y Estonia, que forman ya parte de la Unión Europea? ¿Tiene algo que decir al respecto en Bruselas?
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