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Opinión | FIRMA INVITADA

Del consenso al ruido

La Constitución no está en peligro por los extremistas que la atacan, sino por quienes la citan mientras la socavan. ¿Hay salida? Quiero creer que sí

Cada aniversario de la Constitución me pregunto qué sentirían aquellos españoles que votaron en 1978. Imagino sus manos sosteniendo la papeleta, el peso de la historia en ese gesto tan sencillo. Más del 88% dijeron sí, no solo a un texto legal, sino a la posibilidad de que todo fuera diferente. Siete hombres de mundos opuestos se sentaron a negociar porque tenían algo que hemos olvidado, el miedo a perder lo ganado y consciencia de lo que costaba llegar hasta ahí. Aquello fue la Constitución, un pacto imperfecto nacido del pragmatismo y la esperanza.

Y funcionó durante décadas, tuvimos libertades que parecían imposibles: expresión, reunión, votar sin miedo. Para los aragoneses significó recuperar nuestra voz dentro de un proyecto común. Instituciones sepultadas renacieron, crecimos, nos integramos en Europa, construimos un Estado del bienestar. No fue perfecto, pero fue nuestro y durante un tiempo bastó.

Hoy, sin embargo, cuando observo el panorama político, siento una mezcla de tristeza y rabia. El Parlamento se ha convertido en un espectáculo de gritos donde ya no se debate para construir, sino que se vocifera para el clip de redes sociales. El Poder Judicial lleva años bloqueado por rencillas partidistas y el Tribunal Constitucional es cuestionado según convenga. Las instituciones que tanto costó levantar son zarandeadas al antojo de intereses electorales. El modelo territorial agoniza sin que nadie lo gestione de verdad, con tensiones que todos prefieren explotar antes que resolver.

Aquí en Aragón lo vivimos con especial crudeza, los pueblos se vacían literalmente. El consultorio cierra, la escuela no tiene alumnos, el último bar echa el cierre. Mis conocidos del medio rural cuentan que sus hijos se han ido porque no hay futuro, el derecho a la igualdad territorial suena a burla cuando tu pueblo no tiene cobertura de móvil. Los políticos vienen, se hacen la foto y vuelven a olvidarse.

La hipocresía de los derechos sociales duele especialmente. El artículo 47 garantiza vivienda digna, pero díganle eso a los jóvenes que destinan la mitad de su sueldo a un piso minúsculo sin posibilidad de independizarse. La sanidad pública se sostiene por profesionales exhaustos y descontentos mientras las listas crecen. La educación es rehén de cada cambio de gobierno.

No quiero caer en el cinismo fácil, pero tampoco puedo mirar hacia otro lado, algo fundamental se ha roto. Aquella capacidad de ceder para construir se ha transformado en trincheras donde el adversario ya no es alguien con quien discrepar, sino un enemigo a destruir. En ese juego brutal todos perdemos: la democracia se agrieta, las instituciones se debilitan y los ciudadanos nos volvemos desafectos.

Echo de menos la política que entiende que gobernar es renunciar a parte de tus convicciones para que el barco avance. Los padres de la Constitución lo entendieron porque habían conocido el abismo, nosotros la damos por sentada. Las democracias no mueren de golpe, se pudren lentamente cuando quienes deben sostenerlas las usan para su beneficio.

Este aniversario debería haber sido un momento de verdad incómoda, de reconocer que hemos traicionado el espíritu de aquel pacto. Que las palabras hermosas de la Constitución chocan con la realidad, que hemos convertido algo valioso en un cascarón que invocamos cuando conviene y violamos cuando estorba.

La Constitución no está en peligro por los extremistas que la atacan, sino por quienes la citan mientras la socavan. Por los políticos que la invocan en el Congreso y negocian lo contrario en los despachos. Por las instituciones capturadas, por la mediocridad disfrazada de pragmatismo.

¿Hay salida? Quiero creer que sí. Tendría que haber voluntad real de recuperar lo esencial, es decir, respeto a las instituciones, capacidad de diálogo y el valor de anteponer lo común. Recordar que ceder no es traicionar, sino demostrar que la democracia vale más que el ego propio.

Recuerdo que en 1978 tampoco parecía posible y, sin embargo, ocurrió porque hubo quien entendió que el país merecía algo más que cálculos de poder. Si entonces se pudo, ¿por qué ahora no? Esa era la pregunta de ayer, 6 de diciembre. Más que falta de capacidad, parece faltar voluntad en un gobierno que confunde estabilidad con resistencia a corregir el rumbo. Y mientras se prioriza la confrontación sobre la gestión, el país se desgasta. Si nada cambia, serán las próximas generaciones quienes tengan que reparar los daños de una etapa en la que muchos problemas fueron vistos, pero pocos fueron afrontados.

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