Opinión | erre que erre
España lleva la voz cantante en Eurovisión

Representantes de Israel, en el último Festival de Eurovisión de este año. / Efe
La decisión de España de no participar en el Festival de Eurovisión por la presencia de Israel no debería sorprender a nadie. Es, simplemente, coherente. Coherente con la postura que RTVE ha venido defendiendo en foros internacionales, coherente con las líneas diplomáticas que España ha intentado sostener pese a las turbulencias políticas y coherente con la sensibilidad mayoritaria de un país que no quiere mirar hacia otro lado mientras Gaza vive una tragedia humanitaria que interpela a todos.
Se ha dicho que mezclar música y política es un error. Lo mismo se dijo cuando se vetó a deportistas rusos en competiciones internacionales tras la invasión de Ucrania. Entonces, muchos de los que hoy critican esta decisión aplaudieron aquella exclusión como un mecanismo legítimo de presión. La cultura, como el deporte, no son espacios ajenos a la realidad: son escaparates globales. Y renunciar a ellos puede ser una forma eficaz —y pacífica— de recordarle al mundo que ciertas líneas rojas no pueden cruzarse impunemente. Por algo Rusia sí está vetada en Eurovisión desde la invasión de Ucrania.
España no está sola. Nuestro país ha decidido dar un paso adelante, y quizá esa valentía moral es lo que más escuece en algunos despachos europeos. Porque es más cómodo seguir como si nada, poner una canción bonita sobre el escenario de siempre y fingir que el sonido de fondo no es el de los misiles cayendo.
En Aragón sabemos bien lo que significa mojarse aunque genere incomodidad. Solo hay que recordar cómo Zaragoza entregó, el pasado Pilar, una medalla a la Casa de Palestina. Un gesto simbólico, sí, pero también una afirmación de humanidad en medio de un clima social crispado. El mismo clima que vivimos ahora con el debate sobre los hoteles que dejan de ser hoteles por acoger migrantes: ruido, titulares, acusaciones cruzadas… y muy poca empatía real, que al final es lo que está en juego.
Con Eurovisión seguirá la confrontación en España. La derecha se alineará en contra de la retirada del festival, la izquierda a favor. Los platós arderán, las tertulias sacarán brillo a la indignación prefabricada y cada cual intentará llevar el agua a su molino electoral. Pero antes que votantes somos personas. Deberíamos preguntarnos ¿qué haríamos si los niños de Gaza fueran nuestros hijos? ¿Seguiríamos diciendo que «la música no tiene la culpa» mientras un país utiliza cada foro internacional para normalizar lo que no puede normalizarse?
No participar en Eurovisión no va a detener la guerra. Pero sí envía un mensaje: España no está dispuesta a que la alfombra multicolor del festival oculte un drama que exige responsabilidad global. A veces, la coherencia implica renunciar a un foco para poder mirar de frente. Eso, nos guste o no, es lo que se espera de un país decente.
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