Opinión | EL ÁNGULO
Somos más, nos entendemos menos
Por mucho revival, propio de estas fechas, de la España que fuimos en los ochenta o en los noventa, ya no somos esos. Eso de lo que hablamos se llama historia y anclarnos en ella solo nos trae engaño o nostalgia paralizante. Las mayorías absolutas de uno de los dos grandes partidos se producen en raras ocasiones. En el Congreso de los Diputados tienen representación 13 formaciones políticas y en muchas comunidades autónomas aparecen 6 o más formaciones con representación, incluyendo partidos nacionales, regionales y coaliciones minoritarias e independientes. Esta diversidad, que es sin duda una ganancia pluralista, tiene consecuencias estructurales en la gobernabilidad.
Cuando en una asamblea autonómica conviven muchos grupos, la probabilidad de que un solo partido alcance la mitad más uno de los escaños baja drásticamente. Estudios recientes muestran que por cada partido extra con representación sube significativamente la probabilidad de que no haya mayoría absoluta, lo que aumenta la inestabilidad del gobierno.
Tenemos facilidad para las investiduras de gobierno, pero muchas dificultades para la gobernabilidad, empezando por el Gobierno central, y siguiendo por los autonómicos donde se rompió el pacto inicial PP y Vox, o Cataluña que siempre ha tenido un puzzle difícil de encajar. La procelosa aprobación de unos presupuestos es el síntoma más visible de todo este fenómeno y se afronta de maneras distintas, o bien prorrogando pasados, o esperando pacientemente alguna posibilidad de que lo nuestro funcione o convocando elecciones anticipadas, bajo los augurios de sondeos favorables.
Esta dificultad para reproducir mayorías estables incide en la creciente polarización y fragmentación política, la diversidad de partidos facilita que surjan formaciones con agendas muy específicas que no están en el interés general.
Parece cada vez más difícil enterarnos de que el antiguo modelo de mayorías absolutas ya no sirve en la mayoría de los territorios. Las mecánicas políticas han cambiado, el poder está disperso, los parlamentos son más plurales, las negociaciones más complejas. Pero los mecanismos institucionales fijados para la aprobación de presupuestos y de ejecutar políticas públicas siguen diseñados para mayorías claras. Esa disonancia entre la estructura institucional y la realidad política genera los bloqueos presupuestarios que estamos viendo.
La adaptabilidad del sistema autonómico, el reconocimiento del pluralismo y la creación de mecanismos de consenso más fluidos podrían ayudar. No faltan presupuestos, faltan mecanismos estables para pactarlos en un país donde ya casi nadie gobierna solo.
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