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Opinión | TERCERA PÁGINA

Nuremberg

La película Nuremberg, recientemente estrenada en cines, llega en un pertinente presente histórico, en el que la Corte Penal Internacional, con sede en La Haya y actualmente bajo la presidencia de la japonesa Tomoko Akane, ha solicitado el arresto del presidente ruso Vladimir Putin por crímenes de guerra –que habría cometido en la guerra que, sin casus belli, lanzó contra Ucrania en febrero de 2022 y que a día de hoy todavía continúa–, así como el del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, igualmente acusado por crímenes de guerra que habría cometido durante casi dos años de guerra en Gaza: desde octubre de 2023 hasta la firma, el pasado 29 de septiembre, del plan de paz propuesto por el presidente estadounidense Donald Trump.

Ambientada en los meses posteriores a la finalización de la Segunda Guerra Mundial (2 de septiembre de 1945, fecha de la rendición de Japón), la película Nuremberg, dirigida por el estadounidense James Vanderbilt, se basa en el traumático trabajo llevado a cabo por un psiquiatra del ejército estadounidense, el teniente coronel Douglas Mc Kelley (dignamente interpretado en el film por Rami Malek), quien tiene la atormentada tarea de determinar la aptitud mental y moral de 22 altos mandos nazis capturados y encarcelados en Nuremberg al final de la Segunda Guerra Mundial y especialmente las de Hermann Göring, el segundo hombre de la Alemania nazi, después de Hitler, al que en la pantalla da vida un soberbio Russell Crowe.

Ya en octubre de 1943, con la evidencia de la existencia de casi un millar de campos de exterminio nazis (en los que fueron asesinados seis millones de judíos, además de cientos de miles de disidentes políticos -entre ellos 5.000 republicanos españoles-, gitanos y prisioneros de guerra), distribuidos por Alemania y los países ocupados por la Wehrmacht, el primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill, había manifestado: «Con toda determinación, las potencias aliadas (Estados Unidos, URSS, Reino Unido y Francia) perseguirán a los criminales nazis hasta el último confín de la Tierra y los entregarán a sus acusadores para que se haga justicia».

En virtud de esta premisa, el 8 de agosto de 1945, los aliados, reunidos en Londres, elaboraron el estatuto del Tribunal Militar Internacional que había de juzgar a los principales criminales de guerra nazis en el Palacio de Justicia de Nuremberg, ciudad alemana emblemática por haber sido sede, desde 1923, de multitudinarias asambleas organizadas por el Partido Nazi.

En los procesos, o juicios, de Nuremberg –trece en total– solo se llegó a juzgar a 199 criminales nazis, ya que docenas de ellos se suicidaron para evitar ser juzgados, como hizo Himmler, mientras que cientos de ellos lograron huir, como Mengele, el siniestro médico de Auschwitz, o como Eichmann, uno de los artífices del holocausto y de la Solución Final para el exterminio del pueblo judío quien, capturado en Argentina en 1960 por el Mosad, y juzgado en Israel, fue condenado a morir en la horca el 31 de mayo de 1962. El primero de los procesos de Nuremberg comenzó el 20 de noviembre de 1945 y se prolongó por espacio de 218 días, solo superado por las 417 sesiones que duró el juicio de crímenes de guerra contra Japón, celebrado en Tokio entre mayo de 1946 y octubre de 1948. Fue el que más acaparó la atención pública (y en el que se centra la película de Vanderbilt). En él, 22 jefes militares, miembros del partido, funcionarios civiles y responsables de asesinatos en masa y esclavización, fueron acusados de los delitos de complot contra la paz, crímenes contra la paz, crímenes de guerra, actos inhumanos contra grupos o naciones y de crímenes contra la humanidad.

El veredicto, leído por Geoffrey Lawrence, presidente británico del tribunal, fue emitido el 1 de octubre de 1946. Tres de los acusados salieron absueltos, 3 condenados a cadena perpetua, 4 a condenas que oscilaban entre los 10 y los 20 años de cárcel y 12 fueron condenados a morir en la horca. En España, que llevaba más de 7 años bajo la dictadura de Franco, el diario falangista Arriba, dedicó una laudatoria portada a «los mártires» de Nuremberg, reproduciendo como lemas algunas de sus últimas palabras, al tiempo que proclamaba que el proceso no había sido un acto de justicia sino de venganza.

Para entonces, no se contemplaba todavía el delito de genocidio y no fue hasta el 10 de junio de 1947 cuando Naciones Unidas elaboró el primer borrador, definiéndolo como la determinación de un grupo o Estado para exterminar a un pueblo entero en función de su raza, nación, religión o ideario político. En su Convención Internacional de 1947 la ONU estableció el exterminio de grandes grupos o de un pueblo entero como un acto punible según el derecho internacional y exhortó a los Estados miembros de las Naciones Unidas a aprobar una legislación clara al respecto. Fue así como, el 9 de diciembre de 1948, la organización mundial elaboró el primer tratado de derechos humanos para la prevención y la sanción del delito de genocidio.

Es así como los juicios de Nuremberg tuvieron una significación histórica transcendental, por cuanto fue la primera vez que un tribunal internacional condenaba a personas por crímenes cometidos contra la humanidad, abriendo el camino para que todas las naciones se adhirieran a leyes supranacionales de derecho internacional, origen de la actual Corte Internacional Penal de la Haya.

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