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Opinión | LA GUINDILLA

Barrios sin alma

Tenemos la responsabilidad de pensar bien el diseño de los nuevos espacios urbanos para no lamentarnos en el futuro

El acuciante problema de la vivienda está haciendo que administraciones y empresas emprendan ambiciosos proyectos de construcción, que requieren nuevos desarrollos urbanísticos. La urgencia de nuevas viviendas tan necesarias puede hacernos pasar por alto el coste social que pueden tener para quienes habiten en esos nuevos entornos urbanos, si su planeamiento no tiene en cuenta criterios sociales. Especialmente cuando no se contempla suficiente espacio para equipamientos sanitarios, sociales, culturales o deportivos que su población va a necesitar. Es una cuestión que ya han puesto de manifiesto diversos movimientos vecinales.

Hay otros aspectos no siempre tan evidentes en el desarrollo urbanístico, pero que van a tener un gran impacto en la vida de los habitantes de ese entorno: la falta de oportunidades para el comercio y los servicios de proximidad, por la falta de locales en los que desarrollar su actividad.

Es cierto que muchos potenciales compradores de las futuras viviendas prefieren que «su bloque» tenga espacios privados en los bajos, en lugar de otras actividades. Por un lado, imaginan motivos relacionados con la seguridad; y, por otro, para evitar las molestias o ruidos que determinadas actividades puedan producir en los bajos del edificio.

En el caso de los promotores hay otras razones para no hacer locales en los bajos de los edificios: la oportunidad de aumentar el volumen edificable para viviendas. Argumentan los promotores que existe cada vez menos demanda de locales comerciales por el mayor uso del comercio electrónico. Es la pescadilla que se muerde la cola: más comercio electrónico, menos comercio de proximidad; y por la falta de comercio de proximidad, más comercio electrónico...

Con estos argumentos de la demanda y de su propio interés, los promotores construyen edificios sin locales, lo que les permite aumentar el número de viviendas y lograr mayor rentabilidad. Motivos de seguridad, tranquilidad y beneficio económico se unen así para generar amplias zonas de la ciudad sin locales donde desarrollar la actividad de los comercios o servicios de proximidad. Su ausencia no sólo supone una menor actividad económica y menores oportunidades de empleo. Las consecuencias las va a sufrir toda la ciudad y, muy especialmente, quienes habiten estos nuevos barrios o zonas.

Lo van a sufrir en su día a día, que les obligará a depender del vehículo privado para realizar cualquier compra o para utilizar cualquier servicio. Pero, sobre todo, serán lugares vacíos de identidad y vida colectiva. Porque, más allá de su función específica, los comercios y servicios de proximidad constituyen oportunidades de encuentro y relación vecinal, relaciones de proximidad tan necesarias frente a la proliferación de relaciones virtuales.

Espacios urbanos que al limitar las oportunidades de relaciones sociales se convierten en reductos del aislamiento y germen de eso que tanto preocupa hoy: la soledad. Incluso, paradójicamente, la ausencia de actividad comercial, lejos de favorecer la seguridad de la zona la hace menos segura. Porque la ausencia de vida vecinal, el vacío, aumenta la inseguridad, mientras que el comercio y los servicios de proximidad, incluidos los bares de barrio, hacen más seguras las calles poniendo vida en ellas.

El planeamiento urbano afecta estructuralmente al modelo de ciudad y de barrio. Es extremadamente complicado modificar el espacio una vez urbanizado y construido. Son evidentes las dificultades que tienen algunos barrios diseñados en épocas en los que la especulación y la necesidad urgente de vivienda hizo olvidar cualquier otra consideración. La sobrepoblación, la falta de espacio público o de solares para equipamientos son difícilmente solucionables y siguen lastrando la vida de sus habitantes tantas décadas después de su construcción.

Hoy tenemos la responsabilidad de pensar bien el diseño de los nuevos espacios urbanos para que no tengamos que lamentarnos en el futuro cuando sus deficiencias estructurales ya no tengan solución. Frente a la tendencia del mercado a construir edificios sin locales, el planeamiento urbano debería velar por el interés colectivo y, además de asegurar la existencia de suelo para equipamientos, debe exigir la disponibilidad de locales suficientes para el desarrollo del comercio y servicios de proximidad en cada nuevo entorno urbano.

Con ello estará haciendo lugares más seguros y habitables; lugares más sostenibles, con menos necesidad de desplazamientos y menor uso del vehículo privado. Pero, sobre todo, lugares para vivir y convivir, no sólo bloques de viviendas sino barrios con vida vecinal.

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