Opinión | TEJIENDO PALABRAS
Huellas
Las huellas humanas que veo en la nieve, en la arena de la playa o en otros lugares, me evocan diversas significaciones. Me impresiona ver la marca de quien ha ido pisando y dejando sus huellas. Cuando las veo, algo espontáneo surge de mi interior, que me hace pensar en el rastro que dejamos en nuestra vida. En el tiempo que vivimos, vamos dejando en nuestro cuerpo, en nuestro espíritu y en nuestro hábitat señales que hablan por sí mismas. Todos recibimos y ejercemos influencias, son esas huellas visibles o invisibles que nos adjetivan y que reconocemos en nosotros y en los demás. Cuando vemos a una persona y nos fijamos, por ejemplo, en su rostro o en la generalidad de su cuerpo, ahí podemos leer su historia, su caminar, sus pesares y su avatar vital. Los rasgos físicos que impregnan nuestro cuerpo son también fruto de esa vivencia psicosocial y mental con la que hemos ido caminando. La reciprocidad de las huellas en las relaciones interpersonales es uno de los fenómenos que más me fascinan. Cuando converso con la gente, me encanta profundizar en su vida, saber de su proceso vital y existencial, y confieso que me sirve para estimular mi desarrollo personal, con la mirada puesta en horizontes de desarrollo humano y espiritual. Al fin y al cabo, nuestra psicología, si la trabajamos hacia la humanización, engendra en nosotros lo que podríamos llamar como esperanza creativa. Con la observación e interiorización de las huellas ajenas que nos atraen y admiramos, conseguimos renacer y transformar el significado que otorgamos a nuestra vida. Y somos libres para ejercer acciones de verdadera transformación.
Nuestras relaciones humanas, amistades, amores, conflictos, reconciliaciones dejan en nosotros una huella indeleble, nos moldean y dan colorido a nuestra forma de pensar y de actuar. Asimismo, lo que aprendemos, nuestro lenguaje, habilidades, creencias, nos ayudan a conocer nuestro mundo. El cerebro, con su enorme plasticidad, crea circuitos capaces de adaptar nuestra existencia al devenir de la vida. Realizamos hábitos mentales, resolvemos problemas, gestionamos emociones, interpretamos realidades y construimos nuestra vida.
Con estas consideraciones podemos afirmar que todos tenemos una gran responsabilidad para avanzar en cotas de humanización, pues todos dejamos huellas en nuestro caminar, que pueden afectar a los demás, con intención o sin ella. Somos responsables de que nuestras acciones discurran por los senderos del odio, de la envidia, de la sensualidad, de la soberbia, de la corrupción, en definitiva, de la iniquidad, o de todo lo contrario; es entonces cuando la huella ecológica y humana afecta, sobre todo, a las generaciones más jóvenes y vulnerables. El desenfreno obsesivo por el poder económico y político, la ambición perniciosa y corruptiva, la irresponsabilidad social, la mentira sistemática, la inmediatez del placer y el egoísmo persistente, todo está dejando una huella lesiva en nuestro hábitat social. Solo hace falta ver determinados programas televisivos, redes sociales, lugares de adicciones, reyertas barriobajeras, violencias de género, parlamentos que dan asco, etc. Cuando leas este artículo, fíjate en el cuerpo y en el rostro de los principales líderes sociales, políticos y mediáticos, en la línea predominante de su figura, en sus ojos, en su frente, en su nariz… y descubrirás la diferencia entre aquellas personas caracterizadas por la obsesión, la mentira, el odio y la ambición, de aquellos otros que son bienintencionados, moderados, equilibrados y respetuosos.
Es muy importante que pongamos en práctica la esperanza creativa a la que he aludido antes, es decir, construir nuestra vida de acuerdo a un significado profundamente humano y espiritual, tenemos que ejercerla dando una gran visibilidad a las huellas de quienes caminan por senderos de humanidad, que son la mayoría social. Quiero terminar invitando al lector a leer el poema de Antonio Machado: Caminante no hay camino; o escucharlo en la preciosa melodía de una excelsa canción interpretada por Joan Manuel Serrat. Y recomiendo fijarse en el verso que dice: «Caminante, son tus huellas el camino y nada más».
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