Opinión | Fuera de campo
Que el sentimiento ordene la IA
Ten cuidado con lo que deseas, porque lo podrías conseguir, venían a rezar varias de las enseñanzas de Esopo en fábulas como La abeja y Júpiter o El león y el ratón, aunque también esta máxima de los deseos difíciles que pueden ser cumplidos se identifica con los saberes de Oscar Wilde ante la saca de las trampas y las consecuencias inesperadas: «En este mundo solo hay dos tragedias, una es no conseguir lo que deseas y la otra es conseguirlo». De fondo, no sobra reclamar humildad, prudencia y gratitud frente a la ambición desmedida de codicia y males. Y de momento, recelemos pedir nuestra lista de deseos a la Inteligencia Artificial, antes de que ésta haga lo propio con nosotros. En tiempos de escarcha, sirva toda esta amplia alforja para encararnos también emocional y racionalmente ante el maná milagroso y la magia productiva que se adviene cual tsunami desde esta IA, ese sistema imitador del pensamiento mortal que nos seduce, hipnotiza y desbarata.
«Quizá el mayor problema al que nos enfrentamos es que se las empieza a tratar como si fueran humanos cuando está claro que no lo son. Se basan en información recabada de humanos, buenos y malos, sin tener ninguna brújula moral capaz de decirles que se atengan a los buenos ejemplos y no a los malos. Por el momento, siguen los caprichos del azar. Pueden parecer simpáticos y respetuosos con la ley, o convertirse en avatares de la terrorífica Tríada Oscura: Maquiavélico, Narcisista y Psicópata», cual jinetes del Apocalipsis. Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica hace veinte años, Antonio Damasio acaba de visitar Madrid para presentar su último libro Inteligencia natural y la lógica de la consciencia (Ediciones Destino).
El portugués se ha consagrado como la primera autoridad mundial en el campo de la neurociencia y en los estudios sobre el cerebro, la mente y el yo, y ahora viene con el dilema de moda: inteligencia humana versus inteligencia artificial como relación de futuro. En sus nuevas reflexiones, Damasio construye su particular relato sobre cómo el cerebro, la mente y el cuerpo se confabulan para generar consciencia, y cómo debería ser a la par su relación con la IA. El experto apuesta por reconciliar sus diferencias para permitir una coexistencia saludable entre la cultura humana y la artificial, donde la conciencia, esa capacidad de experimentar la propia existencia y tener sentido de uno mismo, sigue siendo un misterio sin resolver, a pesar de los grandes intentos de neurobiólogos y filósofos para tal empresa.
Damasio sostiene que esta conciencia es «una consecuencia directa de la regulación de la vida, es decir, del proceso responsable de mantener la homeostasis de la percepción del interior del cuerpo (la interocepción) y de los sentimientos homeostáticos resultantes, un desvío radical respecto al enfoque tradicional del problema de la conciencia». O dicho en otras palabras: «La peculiar naturaleza del afecto hace que el conocimiento consciente se traduzca en acciones que atienden a las necesidades homeostáticas y ayudan a conservar la vida». Suele decirse que si tenemos sentimientos es ante todo porque somos conscientes, cuestión que para Damasio no sólo es falsa, sino que además resulta ser todo lo contrario: «Según lo que veo, lo correcto es más bien: para ser conscientes, tenemos que poder sentir».
«Las máquinas artificiales jamás podrán contar con las maravillas inteligentes propias del mundo de los sentimientos en el caso de la inteligencia natural», afirma. «Los sentimientos ordenan las cosas por nosotros, nos ahorran lo accesorio y el exceso de detalles y nos acercan a donde necesitamos estar para seguir vivos y dar sentido al mundo». Quizá esta frase de Antonio Damasio sea una de las piedras filosofales con la que comenzar a construir ese nuevo orden cara al criterio y la transferencia de conocimiento y convivencia tecnológica. Sentimientos que doten de sentido al mundo para, con ello, tener en el horizonte un nuevo punto de partida en la búsqueda del llamado Humanismo Digital.
Solemos olvidar lo que nos hace verdaderamente humanos y, con ello, el soplo de virtudes que deberían establecer ánimo y reglas de juego para la sociedad que queremos dejar a las generaciones venideras. Sentimientos realmente honestos que apuntalen los Derechos Humanos para hacer frente también a la Inteligencia Artificial. Criterios institucionales y de empresas en civilizaciones y países que prioricen el Desarrollo a Escala Humana defendido por el PNUD. En aulas y hogares, habrá que agradecer las posibilidades que ofrece el traje a la medida de la IA cara una educación personalizada para un aprendizaje autónomo, donde lo repetitivo quede automatizado. Mediadores, educadores y familias, deberán reinventarse –una vez más, como razón de ser– para adoptar un nuevo rol, el de intuitivo diseñador pedagógico que además sepa ser buen acompañante emocional, afín a los postulados que avecina Damasio y, como si se tratara de un episodio de Star Wars, pedir un único deseo: que el sentimiento ordene la IA.
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