Opinión | erre que erre
La política del recelo permanente

El presidente de Aragón, Jorge Azcón, en su despacho, durante la ronda de contactos con los grupos para aprobar los Presupuestos de 2026. / JAIME GALINDO
En Aragón llevamos semanas asistiendo a un ejercicio de funambulismo político que, más que contribuir a la estabilidad, parece diseñado para reforzar esa sensación dominante de que nadie se fía de nadie. Ni los ciudadanos de los políticos ni, lo que es peor, los propios políticos entre ellos. La desafección es ya una atmósfera, no un estado de ánimo pasajero.
Jorge Azcón hizo su ronda con los grupos parlamentarios en busca de apoyos para aprobar los presupuestos de 2026. El gesto, en teoría, remite a la tradición democrática del diálogo y el consenso. Sobre todo en Aragón. Pero basta rascar un poco para descubrir que debajo no hay confianza, sino cálculo. El PSOE de Pilar Alegría ha tendido la mano y ha asegurado que estaría dispuesto a apoyar el techo de gasto y las cuentas. Un ofrecimiento que, sobre el papel, podría haber desactivado la amenaza de elecciones anticipadas. Sin embargo, nadie en el PP se lo cree. Y, seamos sinceros, el propio PSOE tampoco ha contribuido a generar demasiada credibilidad: venir de pedir la dimisión de la consejera de Educación, del responsable de Sanidad y de criticar la política fiscal del Gobierno por «bajar impuestos a sus amigos» no parece el prólogo natural a un gran pacto.
Pero el problema no es solo lo que dicen, sino lo que saben. Saben que sus posiciones públicas están dictadas por la necesidad de proteger al partido, al líder, a la estrategia de turno. No al ciudadano. Por eso la confianza se evapora incluso antes de pronunciar la palabra «acuerdo». Por eso vivimos en un ecosistema político donde cada gesto se interpreta como una trampa y cada concesión, como una señal de debilidad.
Si el PSOE quiere aprobar unos presupuestos que el PP proclama como «los mejores de la historia de Aragón», ¿por qué Azcón no los acepta y evita unas elecciones? Porque no le interesa. El presidente prefiere ir a las urnas en solitario, sin coincidir con otros comicios que puedan amplificar el efecto Abascal. Una convocatoria aislada reduce el ruido nacional y permite escenificar una disputa más aragonesa que española. Además, hacerlo antes de que vote Castilla y León evita el riesgo de que un buen resultado de Vox allí se contagie aquí.
Y el PSOE no quiere elecciones ahora ni en pintura. Y no solo porque el partido esté desorientado en Aragón, sino porque los escándalos nacionales pesan, porque Alegría mantiene más pie en Madrid que en su federación, y porque cualquier adelanto podría ser devastador en un momento de debilidad interna.
Así que seguimos atrapados en este teatro donde todos sospechan de todos, donde cualquier gesto de diálogo se interpreta como una maniobra y donde la política ha dejado de ser un ejercicio de servicio para convertirse en una partida de ajedrez perpetua. Y luego nos preguntan por qué la ciudadanía no se fía. Si ellos, que se conocen mejor que nadie, tampoco lo hacen.
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