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Opinión | Sala de máquinas

Cocaína

En la película Los Tigres hay una secuencia crucial. Será cuando uno de los buzos profesionales que reparan petroleros en el puerto de Huelva descubre un alijo de cocaína oculto en uno de ellos. La droga se encuentra bajo el agua, en un compartimento del casco inferior del buque, muy por debajo de la línea de flotación, pero el submarinista descubre la manera de entrar y rápidamente ingenia el modo de hurtar una cierta cantidad de cocaína, la justa como para enriquecerse y que, en el conjunto del alijo, no se eche en falta.

Así, lo hará, procediendo, una vez robada la parte que considera «prudente», a venderla para obtener beneficios. Hasta entonces, este buzo profesional no había hecho nada parecido, pero tiene «un amigo en Barbate» que se dedica a trapicheos y a través de él pone en marcha la operación de venta de la droga, a fin de mejora su situación financiera (está atravesando un divorcio complicado, con dos hijas pequeñas que mantener).

Al margen de la emoción de la trama, y de la buena interpretación de Antonio de la Torre, llama la atención la facilidad con la que el personaje transita del respeto de la ley a la comisión del delito. Apenas ha visto los paquetes de coca prensada en la bodega submarina de ese petrolero de narcos cuando ya ha prendido en su cabeza la tentación de robarla y venderla por su cuenta. Ese dinero fácil que parece tintinear en su cabeza podría ser rechazado por una adecuada decisión moral, por la lógica negativa de una mente bien formada a transgredir la ley y arriesgarse a ir a la cárcel o a sufrir algún tipo de castigo por parte de los narcos perjudicados, pero de todas maneras irá a acometerla, poniendo en riesgo su vida y la de los suyos.

España es el país de Europa que más cocaína consume (el 13% de la población la ha probado), y por cuyo territorio transita la mayor cantidad de lo que se consume en Europa (120 toneladas decomisadas en 2023). De esa pavorosa realidad casi nadie es consciente. Los peligros del consumo y tráfico se extienden en la misma proporción que crecen los alijos. Nadie está libre de la doble tentación: entrar al paraíso artificial de los efectos estupefacientes o al paraíso fiscal de sus ganancias. Acabar con esta situación debería ser una prioridad. ¿Lo es?

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