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Opinión | Sedimentos

Deporte y cerebro

La vida sedentaria se ha confirmado por diversas investigaciones como un devastador enemigo de la salud física. Si le sumamos el abuso de dispositivos electrónicos como feraz promotor de incomunicación, constataremos también un notable deterioro mental, pues tan desmesurado y habitual recurso a redes sociales implica pobreza de trato presencial, situación que se pretende combatir en el universo de la adolescencia restringiendo el acceso a tales sucedáneos de la relación personal.

Entre los más avezados especialistas en comportamiento humano existe un amplio consenso acerca de las virtudes de la práctica deportiva como remedio del sedentarismo e, igualmente, eficiente para contrarrestar la dependencia de tanto artilugio que osa plasmar la esencia de la vida a través de una pantallita. Nadie duda de los beneficios de un ejercicio moderado para mantener una buena forma física, base saludable para eludir o al menos combatir un interminable catálogo de dolencias características de nuestra época; así mismo, ahora sabemos que enfermedades como el Alzheimer, Parkinson o la terrible ELA y, en general, las patologías neuronales, se benefician también de una terapia tan simple como hacer deporte, sea merced a la mera activación muscular como mediante la socialización que supone hacerlo en compañía. Sin embargo, no todo es positivo: la sobreactuación y excesos deportivos, sobre todo en el marco de la competición, además del riesgo de lesiones, quizá de gravedad, compromete también (y mucho) la salud psíquica, probablemente como secuela de una situación estresante experimentada con demasiada intensidad. Tampoco parece convincente el entrenamiento gestionado por un móvil, porque consagra el aislamiento y elimina uno de los factores considerado como determinante de los beneficios del ejercicio: hacerlo compartiendo vivencias.

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