Opinión | Sala de máquinas
Cheever
Los lectores de John Cheever saben de sobra que su nombre se asocia al de uno de los grandes novelistas norteamericanos del siglo XX. Sus novelas permanecen en nuestra memoria como joyas literarias. Y también, al margen de su belleza formal, como un agudo análisis de las clases sociales con las que el autor convivió, y a las que tan estrechamente llegó a conocer, tanto como para «inmortalizarlas» de una manera mortal (y moral), y puramente humana (incluso en sus deshumanizados aspectos).
Esa cualidad suya, la de definir tipos que realmente existieron, y que configuraron la sociedad norteamericana emergente tras la victoria de la Segunda Guerra Mundial, queda patente en El nadador (Random), edición ilustrada por Pau Gasol Valls y que contiene, además del clásico versionado en la gran pantalla, con Burt Lancaster como protagonista, dos relatos más, igualmente extraordinarios: El marido rural y Adiós, hermano mío.
En este último cuento, las mejores características de Cheever afloran para componer un cuadro de costumbres que nos asombra por su plasticidad, versatilidad y capacidad para profundizar en los caracteres de media docena de personajes, todos ellos miembros de una misma familia.
De clase media-alta, habría que precisar, pues comparten una casa en la costa este, con vistas al mar y a unas salvajes playas atlánticas por donde pasean y preparan apetitosos picnics regados con martinis, procurando olvidar que el padre había fallecido por culpa de un accidente con el velero que los hijos siguen sacando a navegar.
La nueva reunión familiar tendrá lugar durante unas vacaciones comunes. Todos los hermanos, junto con la madre, se esforzarán por hacer agradable a los demás la estancia en la casa de la playa. Todos, salvo el hermano pequeño. Un individuo que no se parece a ninguno de ellos, pero que los enjuicia, los juzga constantemente con un aire torvo, retraído y a veces superior. Esa actitud irá crispando al resto de sus hermanos a medida que pasen las jornadas, las copas, las fiestas, hasta derivar en una fuerte oposición, acercando el argumento a la tragedia.
Un estudio impagable de «tipos» psicológicos perfectamente incardinados a la sociedad de su tiempo, y una lección de composición literaria.
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