Opinión | El ángulo
El estilo que precede al cambio
Las elecciones no solo decidirán gobiernos regionales sino que anticiparán hasta dónde España es capaz de resistir o asumir una forma de hacer política
España tiene fama de llegar tarde a las grandes corrientes políticas internacionales, en realidad, lo que hace es adaptarlas. La actual ola de ascenso de la ultraderecha, con el eje simbólico que representan Trump, Putin y Netanyahu, y su traslación europea en alianzas como la de Patriots no se traslada aquí como un calco sino como un cambio de clima.
Lo determinante no es que en España copiemos consignas, sino que importamos dinámicas. La primera, la normalización de la política como conflicto permanente, así la moderación se interpreta como tibieza. La segunda, el desplazamiento del debate desde la gestión a la identidad. De la vivienda al modo de vida, de la sanidad a quién se aprovecha, de los impuestos a quién debe tener el poder. La tercera, es la sustitución de programas por relatos, donde la eficacia se mide por la viralidad.
Las próximas elecciones autonómicas en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía serán un banco de pruebas visible. No porque esos territorios vayan a protagonizar un giro ideológico radical, sino porque concentran algunos de los factores clave de esta narrativa, la tensión entre mundo urbano y rural, el malestar por el acceso a los servicios públicos, el miedo a la pérdida de estatus y la sensación de abandono frente a decisiones que se perciben como lejanas desde Madrid, Bruselas o las élites, según el relato.
La influencia del eje internacional se nota también en la personalización extrema del liderazgo y en el desprecio por los actores clásicos. La política se convierte en una sucesión de gestos y declaraciones pensadas para circular en redes, donde juegan a su aire la simplificación y la exageración. Este país con un sistema mediático altamente polarizado y una conversación pública acelerada no es inmune a esa dinámica.
Lo que se juega va más allá del reparto de escaños en unas elecciones autonómicas. Se trata de un desplazamiento silencioso de las reglas del debate público sobre qué temas se consideran prioritarios, qué lenguaje se normaliza y qué consensos se ponen en cuestión. Cuando eso ocurre, el cambio político suele llegar después, casi como una consecuencia natural.
Las elecciones que vienen no solo decidirán gobiernos regionales. Anticiparán hasta dónde España es capaz de resistir o asumir una forma de hacer política que ya no distingue entre lo local y lo global, y que entiende cada contienda electoral como un episodio más de una batalla cultural permanente. En ese sentido, lo verdaderamente determinante no será quién gane, sino qué clima se consolide. Y los climas, en política, acaban siendo determinantes.
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