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Opinión

Peste porcina: acotar la crisis

El president de la Generalitat, Salvador Illa, compareció anteayer en el Parlament para dar explicaciones sobre cómo se está abordando la irrupción de la peste porcina africana en Cataluña y lo poco que aún se sabe sobre el origen de la epidemia animal que tiene en vilo a un sector clave de la ganadería y la industria alimentaria aragonesa y del resto del país. Y lo seguirá haciendo al menos durante un año, teniendo en cuenta las extremas cautelas que algunos mercados toman antes de reabrir las puertas a la producción de un país en el que ha circulado este virus, pese a que se ha conseguido contener el impacto para la producción española.

De las cinco líneas de investigación sobre los seis laboratorios y empresas que trabajan con cepas del virus en Cataluña (auditoría de los centros públicos y envío de muestras a cargo de la Consejería de Agricultura, supervisión de la Comisión Europea, investigación del Ministerio de Agricultura y actuaciones judiciales), esta última saltó a primera plana ayer tras el registro del laboratorio del IRTA situado en pleno foco del brote. Siempre que la duplicidad de pruebas, registros y difusión de muestras no acabe siendo una complicación para las labores de control, la supervisión múltiple que se está desplegando debería ser suficiente para despejar sospechas de falta de transparencia y poner en cuarentena la tentación de dar por buena cualquier hipótesis (como lo fue apostar en un primer momento por una contaminación alimentaria vía transporte por carretera) antes de tiempo. Transparencia, pues, sin culpabilizar prematuramente ni ningún reparo a reconocer errores de procedimiento si llega el caso.

Desde el punto de vista del control del foco detectado confirmado el pasado 28 de noviembre, debates como la gestión de la agenda del president durante los primeros días (sin relevancia respecto a cómo se reaccionó en tanto que no hubiera ausencia de indicaciones políticas y de actuación por parte de los responsables del área) resultan baladís al lado de las preguntas que interesa responder al menos a corto plazo. Si las medidas que se tomaron para contener el foco y las de compensación al sector y control de daños en el mercado internacional han sido adecuadas y diligentes. Y si la investigación para conocer el origen del contagio está siendo cuidadosa, eficaz y transparente.

De momento solo se puede responder en condicional: si se siguen detectando casos solo en el radio inmediato de seis kilómetros donde se han identificado ya 26 contagios confirmados, se debería concluir que una detección precoz y la disposición de medidas de aislamiento de esa zona cero ha sido un éxito. Pero aún es pronto para confiarse. Como también es pronto para pontificar sobre cuáles han de ser las medidas de gestión de la población de jabalís salvajes, convertida ahora en posible vector de dispersión de la peste. Qué métodos de caza, en qué proporción debería reducirse su número y en qué zonas es una decisión técnica en la que no deben influir ni las prisas ni los escrúpulos del animalismo menos racional y solidario. Como también es injusta la difusión de los prejuicios más ideologizados sobre la industria ganadera y cárnica, cuando justamente la conjunción de una gestión profesional con la existencia de granjas industrializadas y seguras, desde el punto de vista alimentario, es un dique contra la epidemia, no el problema.

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