Opinión
¿Y si toca?
Estos días, ya los últimos en poder adquirir un décimo para el sorteo de Navidad, repetimos una frase con la que nos damos el beneplácito para comprar un nuevo décimo. La frase no es otra que, “¿y si toca?”, porque a alguien le va a tocar, eso es indiscutible y todos los años lo vemos en los reportajes que llenan las cadenas de televisión con gente ilusionada, brindando, llorando y repartiendo alegría con un toque de emoción, porque siempre hay una persona a quien ese premio le salva la vida cuando su vida estaba estancada y bañada de problemas que parecían irresolubles. Abderramán III escribió que 14 días de óptima o verdadera felicidad son los máximos que podemos alcanzar y quizá uno de ellos sea si te toca el Gordo de Navidad, porque no es un premio cualquiera y, aunque haya otros con una dotación económica más elevada, el Gordo de Navidad es único, con sus anuncios lacrimógenos y esa permeabilidad con la que la felicidad pasa de una casa a otra y se resiente en el barrio y se extiende por la ciudad. Eso es lo mejor de la lotería de Navidad, que no es individual, sino colectiva y genera sinergias positivas que a todos nos hacen un poco más felices.
En mi casa solo una vez estuvimos cerca del Gordo, porque aquel año cayó en Zaragoza, en una cafetería al lado de donde vivíamos y a la que mi padre acudía a diario a tomar café. Pero no compró el número, ignoro la razón porque sin ser jugador sí apostaba fuerte en Navidad y cuando nos enteramos dijo; «Hay que bajar al Petit Trianon, ha tocado». Todas empezamos a dar aplausos y grititos porque entendíamos que llevaba un número y mi padre al ver nuestra alegría desbordada dijo: «No compré lotería allí, pero eso da igual. Hay que celebrarlo con los vecinos». No hubo huella de tristeza y, tras ponernos los abrigos, bajamos a la calle y cuando llegamos al Petit Trianon la gente estaba contenta y nos abrazábamos, hasta me abracé con un chico que cuando me veía por la calle me decía cosas feas y me sacaba la lengua. A mi padre lo abrazó muchas veces uno de los camareros, convencido de que llevaba participaciones. Él no dijo nada y se emocionó como todos y ese recuerdo baña mis 22 de diciembre convirtiéndose en un día diría de verdadera felicidad.
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