Opinión
‘Fontanocracia’
La voluntad de Pedro Sánchez por mantenerse en el poder, por no dimitir, no someterse a una cuestión de confianza, no adelantar elecciones, hacer, en fin, como si nada pasara, como si no tuviera procesada a media familia y a medio partido, va despertando críticas y levantando oposiciones no sólo entre la opinión pública y publicada, sino en el interior de su propio partido.
Entre los discrepantes, viene siendo Emiliano García Page, el presidente manchego, quien en mayor medida asoma y con mayor frecuencia expresa sus discrepancias con un jefe del que probablemente le gustaría prescindir, aunque dicha y presunta voluntad (hace ya meses, años insinuada), no acabe de materializarse nunca en un proyecto, estrategia o plan de sucesión.
¿Por qué motivo? ¿Acaso no se valora a sí mismo don Emiliano como alguien capaz de empuñar el timón del Partido Socialista para abrir una nueva etapa? ¿Carece Page, quizá, de los apoyos mínimos para emprender una campaña interna que lo sitúe ante la militancia como un futuro líder? ¿Teme que, de dar un paso en falso, el abismo del olvido se abra ante él? ¿No padecerá Page el llamado «síndrome de Hamlet», esa parálisis que en la obra de Shakespeare incapacitaba al protagonista, príncipe de Dinamarca, para tomar decisiones y destronar a su tío, que había usurpado el trono?
Siendo cierto, por sus palabras, que Page es consciente del deterioro de su partido, del desprestigio de su gobierno, de la necesidad de relevar del poder a la «fontanocracia» que lo ocupa, sustituyendo a los conspicuos sanchistas por socialistas limpios del polvo y de la paja de la corrupción y del acoso sexual, ¿por qué se queda quieto en la mata, inmóvil en su castellano páramo? ¿Por qué no empuña la bandera de la regeneración y da un paso adelante? ¿Por qué niega a sus compañeros la esperanza de una regeneración moral?
Viejos zorros del PSOE, si se les lanza esta pregunta, responden que en su partido una derrota de puertas adentro equivale al cierre de una carrera política. En una organización tan jerárquica y vertical, vienen a explicar, presentar batalla por el poder interno tan sólo es aconsejable en caso de segura victoria. Esto, suponiendo que Page dé un día el paso al frente. Pero, ¿y si no lo hace? ¿Si es todo amago y, en el fondo, prefiere ser «paje» del rey?
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