Opinión | erre que erre
Aragón vota sabiendo que nada cambiará... o quizás sí

Papeletas electorales preparadas para unos comicios en Aragón. / ANA PERDICES | Europa Press
Las elecciones autonómicas del próximo 8 de febrero en Aragón se presentan con un pronóstico tan repetido como inquietante: la derecha mantendrá la mayoría y el equilibrio entre bloques variará poco respecto a 2023. Esa previsión, lejos de tranquilizar, debería encender una alerta. Porque cuando unas elecciones se afrontan con la sensación de que todo está decidido, lo que se erosiona no es solo la competencia política, sino la confianza misma en el sistema.
La primera incógnita se sitúa en el PSOE y en su suelo electoral. Con 23 escaños como referencia, todo apunta a que los socialistas pueden caer por debajo de esa cifra. No tanto por una fuga masiva de votos como por la suma de desgaste, desmovilización y fragmentación del espacio progresista. La candidatura de una mujer con perfil público y proyección introduce un elemento diferencial, capaz de generar expectativa y movilizar a parte del electorado. Pero también expone una debilidad de fondo: la dificultad de transformar liderazgo en una alternativa reconocible y creíble frente a un bloque conservador compacto.
En la derecha, la incógnita no es quién gana, sino quién manda. Jorge Azcón confía en que su perfil institucional actúe como freno a la sangría de votos hacia Vox. Pero la experiencia demuestra que ese trasvase no se controla solo con moderación ni con apelaciones a la estabilidad. Vox se alimenta del malestar, del voto identitario y del hartazgo con la política tradicional, y no necesita grandes crecimientos para tener más presión. Basta con que el PP no recupere a los electores que se marcharon para que la ultraderecha vuelva a ser decisiva.
Otro factor silencioso pero determinante será el voto joven. Quienes en 2023 tenían 16 o 17 años y ahora pueden votar se han socializado políticamente en un entorno de polarización constante, redes sociales y discursos simples. Son una bolsa electoral pequeña, pero simbólicamente relevante. Si participan y lo hacen desde el enfado o la protesta, el resultado puede endurecer aún más el mapa político aragonés, especialmente en Huesca y Teruel, donde cada escaño se decide por márgenes mínimos.
La izquierda, mientras tanto, se enfrenta a su dilema recurrente: dispersión o concentración. Voto ideológico o voto útil. Si no logra aglutinar apoyos en torno a una opción capaz de disputar la mayoría, la derecha no solo mantendrá el poder, sino que lo hará sin necesidad de convencer. Y ese es quizá el dato más preocupante.
Aragón vota con la sensación de que nada cambiará. Pero esa resignación también es un mensaje político. Porque cuando las urnas dejan de ser una herramienta de expectativa y se convierten en un trámite, el problema ya no es quién gobierna, sino cuántos dejan de creer que merece la pena decidir. Y ese desgaste en versión abstención, acaba pasando factura.
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