Opinión
Más desigualdad no es mejor futuro
Aragón y Zaragoza se lanzan a construir miles de viviendas en los próximos años mientras los precios siguen disparados y cada vez hay menos gente las podrá comprar

La construcción de vivienda es la gran apuesta y necesidad en Aragón y el conjunto de España. / El Periódico
Ahora que Aragón se encamina a unas nuevas elecciones, y vuelve la época de prometer, y ahora que nos encaminamos a un nuevo año, y llega el momento de los buenos deseos y de pedirle cosas al 2026, estaría bien reflexionar sobre el futuro que se está construyendo ante nuestros ojos y quiénes están presentes en él y quienes parecen estar al borde de quedarse apeados de ese tren. Porque me pregunto de qué va a servir construir miles de viviendas en la comunidad o en Zaragoza si luego muchos ciudadanos no van a poder pagarlas, si cada vez hay más trabajadores pobres. Sí, esta es una nueva forma de exclusión que las entidades sociales llevan tiempo alertando que está en crecimiento y que nadie parece poder, o querer, atajar.
El precio de los pisos están desatados. Es verdad que a años luz de otras capitales como Madrid, Barcelona o Valencia, pero disparados. El alquiler que se dice asequible sigue siendo prohibitivo para muchos salarios como para construir una vida basada en el arriendo de un hogar que nunca será tuyo. Y soñar con comprarlo... si hasta para acceder a las supuestas gangas hace falta un desembolso inicial que es inviable sin ahorros o ayuda de terceros.
Así que vamos a lanzarnos a construir viviendas, miles y miles, que se pondrán en manos de constructoras porque la Administración no construye, como mucho promueve, y estas empresas, que nunca pierden, aumentarán beneficios mientras esos pisos se venden, vete a saber a qué precio, a ciudadanos que se lo puedan permitir, que no serán todos, por supuesto. Es como una espiral que solo conduce a lo que también muestran los últimos informes o estadísticas: que están aumentando la desigualdad, la brecha social, la distancia entre hogares...
La razón de la emergencia habitacional es ofrecer un techo digno a las familias que están quedando expulsadas de un mercado voraz. El aumento del sinhogarismo en una ciudad como Zaragoza debería conducir a medidas estructurales, coordinación entre administraciones y medidas rápidas y eficaces, no a parches temporales ni a vallados vergonzantes como el que todavía adornan el parque Bruil para evitar lo inevitable.
Las ayudas públicas no están frenando la escalada de precios, los salarios no suben al mismo ritmo que ese bien básico que es la vivienda y, mientras tanto, cada comunidad autónoma hace la guerra por su cuenta como si pudiera haber 17 fórmulas mágicas para combatir una enfermedad que todos tenemos claro cuál es el diagnóstico pero para la que nadie tiene la cura. Y así, es más difícil creer en una prosperidad futura de una comunidad, la que sea, que por muy bien que le vaya en sus indicadores macroeconómicos, no da síntomas de tener un proyecto de futuro para quienes ya se están quedando excluidos del sistema.
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