Opinión | El ángulo
Explosión de frivolidad
La identidad ha dejado de construirse en lo común y ha pasado a medirse en términos de visibilidad, rendimiento y reconocimiento
No puedo soportar un reel más. Ni un estilismo más para estas fiestas, ni un mantel o vajilla navideña, como si no pudiéramos comer con la que usamos los otros meses del año, en este paroxismo de lo consumible. A ver quién en tres semanas, ya no digo tres meses, usa una servilleta de renos o un pijama de elfos.
Y, sin embargo, aquí sigo viendo cómo Instagram cumple con su promesa no escrita de que tu vida es una mierda y te recuerda que siempre podríamos ser un poco más guapos, un poco más ordenados, más coordinados en marrón chocolate, el tono del momento y más suplementados de magnesio, colágeno o creatina. Más todo. Nunca suficiente para seguir devorándonos en la comparación continua.
No es que esta plataforma haya inventado la frivolidad, pero la ha sistematizado. Ha convertido nuestra existencia en un proyecto perpetuo, y la vida en una sucesión de mejoras pendientes por ver si conseguimos el tick verde o la carita sonriente. Esta explosión de frivolidad no es casual, es el resultado de un proceso que Instagram llevaba tiempo anunciando, el triunfo del hiperindividualismo como forma dominante de relación con el mundo. No hay comunidad, hay comparativa. La identidad deja de construirse en lo común y pasa a medirse en términos de visibilidad, rendimiento y reconocimiento.
Esta estética vacía convive, de manera inquietante, con un giro ideológico cada vez más visible. Ahí comenzó el proceso de blanqueamiento, convirtiendo los discursos reaccionarios en una burbuja amable. Ahí están las esposas influencers de la extrema derecha, envueltas en tonos neutros, maternidades idealizadas y hogares perfectos, presentando como vida sencilla lo que es un proyecto político cuidadosamente estilizado. La estética como arrastre a una ideología reaccionaria, que sobre todo gana en los símbolos.
También se aventuró desde ahí la vuelta a la religiosidad, no resulta extraño, con tanta vacuidad, con tanta ausencia de horizonte colectivo, algún relato fuerte tenía que cuajar. Cuando el espacio común se vacía de sentido y la política se vuelve ruido, las narrativas globales reaparecen ofreciendo orden, pertenencia y promesa de significado. Y lo ha hecho no tanto desde el pensamiento, sino desde la imagen. Más de la emoción decorada, que de la reflexión.
Hoy es el día de la Lotería de Navidad, que servirá para engordar nuestros sueños, también los frívolos. Jugamos mientras el alquiler no para de subir, la epidemia de gripe avanza, y hay que de dar cobijo a los centenares de personas que deambulan por Badalona. Pero eso no sale en Instagram, no hay filtro que lo soporte, no genera deseo y no cabe en un reel.
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