Opinión
Esa gente de al lado
Días de celebraciones, de reuniones familiares, de encuentros y, a veces, también de desencuentros. Días, en todo caso, en los que prevalece un sentimiento de acogida, de olvidar egoísmo e individualidad siquiera durante unas horas; de pensar que el otro existe. Y días también en los que nadie debería limitarse a contemplar a las personas más próximas, para considerar la presencia de otras menos allegadas, con especial dedicación a los niños, siempre muy vulnerables a la pobreza y el desamor, y a los ancianos, tantas veces sentenciados a una soledad no deseada.
Tiempo, el navideño, para ser conscientes de los problemas que acucian a quienes transitan, casi invisibles, a nuestro lado; de hacerlo no con la curiosidad de penetrar su intimidad, sino con intención de prestarles esa ayuda que necesitan imperiosamente. Vivimos con la depresión y la ansiedad acompañando sin tregua a buena parte de quienes nos rodean, a quienes decimos apreciar; pero sus dolencias no se curan tanto mediante fármacos y psicólogos; por encima de todo se benefician del abrazo de una mano amiga, de esa sonrisa que entraña una promesa de compañía, de comprender el porqué de su angustia para aplicar la reparación oportuna.
Cáritas y otras voluntariosas organizaciones aportan su granito de arena, no solo espiritual, pues incluyen contribución material en forma de alimentos, ropa e incluso juguetes. En los hospitales se materializan diversas fórmulas de acompañamiento, muchas de ellas centradas en la infancia, ¡que nadie les robe su entrañable Navidad! Así, en la calle, reina una esperanza de difusa solidaridad. Insuficiente, desde luego. Porque junto a risas alegres, fiesta y jolgorio, proliferan llanto y dolor.
Como siempre. Como el resto del año cuando la Navidad se apaga y los invisibles, esa gente de al lado, torna de nuevo a esfumarse.
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