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Opinión | El ángulo

El ascenso silencioso que decide gobiernos

El auge de Vox ya no es una hipótesis ni una anomalía coyuntural, es un hecho político consolidado que se manifiesta con claridad tras las elecciones extremeñas. Minimizarlo o despacharlo como un voto de protesta pasajero no solo es un análisis erróneo, sino estratégicamente inútil. Subestimar al adversario no sirve de nada cuando ese adversario es quien inclina la balanza del poder.

En Extremadura, como en otras comunidades, Vox no necesita ganar para mandar. Le basta con crecer lo suficiente como para convertirse en actor imprescindible. Su capacidad para decidir quién gobierna, en qué condiciones y con qué agenda convierte al partido en el auténtico hacedor de mayorías. Vox es hoy el partido que sube y, al mismo tiempo, el que condiciona las políticas públicas concretas que se aplican en los territorios. Da igual que Guardiola saque el 43% de los votos, necesita obligatoriamente de Vox tanto o más que antes, y no pedirá ahora el apoyo del PSOE, al que sacó de la posible presidencia de la Junta hace dos años con el pacto con Vox.

La clave de su ascenso no está únicamente en su discurso ideológico, sino en el castigo de lo establecido, ellos son ahora el cóctel entre el orden y lo punk. Vox ha sabido capitalizar ese malestar, presentándose como una fuerza sin complejos y del que los votantes saben que no van a conseguir que llegue el AVE a su tierra, ni que se modernice la producción industrial, ni sobreviva el campo y la ganadería, pero es el desahogo del grito a las gradas. Saben que es romper el tablero y apuestan por eso.

Vox no solo condiciona gobiernos, sino políticas concretas. Decide sobre memoria democrática, inmigración, igualdad, educación, medio ambiente o cultura. Obliga a reescribir programas, a derogar leyes y a desplazar el eje del debate público hacia sus prioridades. No es un actor testimonial, es un socio exigente que cobra caro su apoyo y que entiende la política como una relación de fuerzas, no como un ejercicio de consenso. Abascal fue la última voz de la noche electoral, espero que saliera la ganadora para visibilizar claramente que dependía de “los señoros” que había caricaturizado en campaña.

La democracia no se defiende desde la condescendencia, sino desde la confrontación política seria, desde la movilización de aquellos qué piensan que el estado de bienestar es por ahora nuestra mejor versión del estado liberal y de derecho. Las elecciones extremeñas dejan una lección clara, quien no entiende que Vox decide quién manda y qué se gobierna, está analizando el pasado mientras otros construyen el presente. Y en política, llegar tarde suele equivaler a perder.

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