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Opinión | El aula del revés

Cuando gobernar consiste en no decir nada

Hay momentos en los que uno no sabe si está leyendo encuestas electorales o el guion descartado de Aterriza como puedas. La política española –y la aragonesa por extensión– parece haber entrado en una fase en la que el ridículo ya no es un error ocasional, sino un método. No se improvisa: se ensaya. Y lo más inquietante es que, según los últimos resultados y sondeos, funciona razonablemente bien. Las encuestas recientes desmontan una idea cómoda pero equivocada: no estamos ante una ciudadanía apática ni ante un bloqueo generalizado. Lo que hay son desplazamientos claros. En territorios como Extremadura, y con ecos evidentes en Aragón, la derecha crece con decisión, la izquierda retrocede con estrépito y Vox avanza ocupando un espacio que no es tanto ideológico como emocional. No gana quien propone más, sino quien grita mejor; no quien explica, sino quien incomoda. En este contexto, al gobierno se le castiga, la alternativa crece de forma frágil y el despropósito, paradójicamente, se premia.

La izquierda gobierna atrapada en un largo monólogo interior. Lo hace como ese personaje que explica un chiste durante tanto tiempo que, cuando llega el remate final, nadie se ríe. Cada decisión requiere una rueda de prensa; cada error, una pedagogía infinita. El problema no es la falta de argumentos ni de políticas públicas razonables, sino la incapacidad para convertirlas en un proyecto reconocible y atractivo. Se gobierna justificándose y se pide el voto como quien pide disculpas. Así no se gana; como mucho, se sobrevive. Y lo cierto es que, más allá de los escándalos y la erosión mediática, ha habido medidas eficientes que nunca se supieron contar ni transformar en relato colectivo.

La derecha tradicional, por su parte, observa el escenario con gesto grave, convencida de que el poder caerá por agotamiento del rival, siempre ha sido así, nunca han quemado a uno de los suyos, solo esperan, y lo hacen porque funciona. Tiene razón: las encuestas le favorecen. Pero su discurso recuerda peligrosamente a esos caballeros que levantaban la espada con solemnidad sin tener muy claro contra qué luchaban. Promesas de orden, estabilidad y sensatez que, sin concreción, suenan a silencio bien peinado. Se apela a la gestión como si fuera una virtud abstracta, sin explicar qué se hará de forma distinta ni para quién. Ya conocemos esa partitura: mucha compostura, poca idea y, sobre todo, nada nuevo que merezca ser defendido con entusiasmo.

Y luego está Vox. Vox es el verdadero protagonista del ridículo contemporáneo. No por excéntrico –eso sería lo de menos– sino porque su discurso es una nada perfectamente envuelta. Funciona como Mr. Bean en una reunión institucional: entra serio, lo desordena todo y sigue adelante como si el caos fuese parte del plan. No propone políticas públicas; propone gestos. No responde a problemas complejos; señala culpables genéricos. Y lo más llamativo es que crece. Los datos son claros. Vox avanza porque ofrece algo muy concreto: una identidad simple en un mundo complejo. No hay programa económico detallado, no hay modelo educativo viable, no hay política territorial más allá del eslogan. Hay ruido, provocación y una puesta en escena permanente que sustituye al contenido. Es política sin política. El vacío convertido en bandera a base de cargar contra la inmigración, el feminismo, las políticas sociales, las comunidades autónomas, los medios de comunicación, la universidad o la cultura. Todo falla, nada sirve. Bien: presenten entonces el plan de reconstrucción. Será interesante leerlo, si llega. De momento nadie lo conoce. Solo prometen arremeter contra particularidades sensibles protegidas por las leyes nacionales e internacionales. Vayan preparando las palomitas, esto promete.

El problema, sin embargo, no es solo Vox. El ridículo es sistémico. Se ha instalado una lógica en la que la elegancia estorba, el matiz penaliza y la propuesta aburre. Importa más el gesto viral que la medida sensata, más el enemigo que el proyecto. La política se ha transformado en una comedia de sketches donde nadie quiere escribir el guión completo por miedo a perder audiencia. Gobernar se parece cada vez más a actuar; debatir, a provocar; y disentir, a caricaturizar. En este escenario, la ciudadanía oscila entre la risa cansada y la resignación. Se vota menos por convicción que por hartazgo, menos por esperanza que por rechazo. La política deja de ser un espacio para pensar el futuro y se convierte en un entretenimiento ruidoso que se consume y se olvida con la misma rapidez.

El verdadero fracaso llegó porque las ideas jamás sustituyeron a las ideologías y estas fueron transformándose en ocurrencias. No hay lógica en el discurso, pero tampoco en el voto. ¿Eran necesarias las elecciones del fin de semana pasado? ¿Y las que se aproximan en nuestra comunidad? Como decían aquellos cómicos... un poquito de por favor...

Puede que la política se parezca cada vez más a una parodia, pero el verdadero problema es otro: que hemos empezado a aceptarlo como normal. Que el ridículo ya no escandaliza, solo entretiene. Y cuando una democracia se conforma con reírse de sus representantes en lugar de exigirles algo mejor, el deterioro ya no es solo político. Es cívico. Y eso, definitivamente, no tiene ninguna gracia.

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