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Opinión | Editorial

La izquierda y el reto de la unidad

Las elecciones autonómicas en Aragón están a solo mes y medio de celebrarse, el próximo 8 de febrero, y con los resultados de Extremadura todavía calientes, aún quedan muchas decisiones complicadas que tomar en el territorio antes de meterse de lleno en una campaña que oficialmente empieza a partir del 23 de enero pero que de facto ya está lanzada. Uno de los desafíos más relevantes está en la izquierda aragonesa, los grupos que se colocan a la izquierda del PSOE en el tablero político, y el dilema de si optan por ir juntos por primera vez en unos comicios autonómicos en la comunidad. Sería una decisión histórica a la altura de la excepcionalidad del momento, en un contexto muy distinto al de anteriores ocasiones en las que no fructificaron todas las conversaciones y negociaciones que ahora también se están dando. Apostar por una confluencia amplia es quizá la única alternativa que nunca se ha explorado y puede que ahora sea la única posibilidad de hacer frente al auge de la derecha y de la ultraderecha en España a costa de capitalizar el desplome de un PSOE en horas bajas. Ser una alternativa de izquierdas que recoja parte de ese descontento y se lo arrebate a la extrema derecha es una táctica que puede dar mejores frutos que en Extremadura, donde la coalición de Podemos e IU ha crecido en representación. Fragmentar ese voto en un bloque de izquierdas dividido quizá sea una maniobra arriesgada para la propia supervivencia de algunos de ellos, mientras que aglutinar ese empuje en torno a una papeleta única quizá les refuerce a todos y contribuya a paliar el avance de Vox porque el votante se decante por un proyecto inédito en el que confiar.

El problema de la confluencia de la izquierda en Aragón siempre ha sido una tarea complicada, pero más por los personalismos y la lucha de egos que por las coincidencias programáticas de sus actores. Está comprobado que Chunta Aragonesista, Podemos e Izquierda Unida comparten muchos postulados que definen su acción política en Aragón, pero sus diferencias siempre han encallado en debates como quiénes debe aparecer en los primeros puestos de esa papeleta o si la marca individual debe figurar en esa formación de unidad. Podemos se sintió dominante en 2015 y no hubo forma de que entrara en un proyecto como Zaragoza en Común, del que tampoco quiso participar nunca CHA para mantener su identidad propia en Aragón. Tampoco se consiguió en 2019, a pesar de que Vox ya entraba en liza pero se percibía como una minoría que no asustaba a nadie. Todo cambió en 2023 y se vio más claramente, tras el tsunami de la derecha en los comicios municipales y autonómicos, que era necesario un proyecto común en la izquierda para las generales. Y así nació Sumar, una solución de urgencia en la que no entró Podemos y que acabó capitaneando Chunta, que hoy parece amortizada. Su efecto aglutinador convenció a un electorado sorprendido por la celeridad con la que se pusieron de acuerdo y Podemos pagó su ausencia en Aragón con la irrelevancia en el resultado de aquellas generales.

Ahora surge una nueva oportunidad pero el escenario también ha cambiado. Con el efecto sorpresa de Sumar ya amortizado dos años después, Vox no es que haya crecido con respecto a 2023, cuando era el apoyo del PP, es que aumenta su representatividad con fuerza, asusta más y los sondeos le llevan en volandas atrayendo voto de la sangría socialista. La izquierda necesita un revulsivo y este es el contexto en el que hay que decidir entre hacer historia en Aragón y jugársela a la unidad o mantener la fragmentación y arriesgarse a que sea la extrema derecha la que haga historia en la comunidad.     

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