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Opinión | Salida de emergencia

Cuatro ángeles custodios

Cuando una adolescente de 17 años dice que quiere ser médica o enfermera se genera en el ambiente una sensación de paz y de confort, porque de ellas y de ellos dependemos tantas veces en nuestra vida que son los verdaderos ángeles custodios y sin embargo en ocasiones los maltratamos porque una cita se demora demasiado o no hay remedio para un mal que atemoriza y merma al enfermo o simplemente porque no tenemos un buen día y somos tan profundamente egoístas que si las cosas no salen como nosotros queremos, lo pagamos con él/ella porque la herida molesta o no ha sabido coger la vena con acierto y sin dolor, a pesar de que nuestras venas están desgastadas e invisibilizadas. Somos así y nos olvidamos muy rápido de todo y olvidamos el covid y las ocho de la tarde cantando Resistiré y cuando nuestros médicos se ponen en huelga para reclamar un Estatuto Marco propio que reconozca sus peculiaridades dentro del sistema sanitario, algo que también tendría que exigir el colectivo de enfermeras, nos enojamos porque esa cita desaparece del calendario y vaya usted a saber cuándo nos volverán a llamar.

Todas nuestras quejas nada tienen que ver ni con los médicos ni con las enfermeras y sí con un sistema que les exige una dedicación y una responsabilidad que no se refleja en sus nóminas y sí desgasta sus cuerpos, sus almas y sus mentes.

Yo estoy muy agradecida a la sanidad pública y lo estoy porque cuando tuve un episodio de psoriasis por todo el cuerpo con pupas que sangraban y que no me dejaban ni vivir ni dormir, tres doctoras me salvaron la vida y aunque suene exagerado fue así: me salvaron la vida. Una de ellas era mi doctora de cabecera, Encarnación Ramos Gil que, cuando vio que no avanzábamos de ninguna forma y que mi cuerpo estaba cada vez más agredido por la psoriasis, me preparó un volante y me dijo que me fuera inmediatamente a Urgencias del Clínico donde sí habría dermatólogo de guardia. Y eso hice y aquel doctor me derivó a la Unidad de psoriasis del Miguel Servet, solicitando antes todas las pruebas que precisaba para que, llegado el día de mi cita, mi historial estuviera completo y poder empezar con la medicación. Así fue.

Recuerdo que mi dermatóloga, la doctora Tamara Gracia Cazaña, no dudó y en una sala contigua mi cuarto ángel, el enfermero Carlos, me administró la primera dosis que venció a mi psoriasis, permitiendo volver a mi vida. Cuatro ángeles que me salvaron, entre tantos que nos curan y nos salvan a diario. Gracias.

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