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Opinión | Cambio de chip

¿Será 2026 el año del gran giro de guion digital?

Comenzaba esta columna en enero con espíritu de serie –y vaya episodio piloto tuvimos–: el estallido de DeepSeek, la carrera contrarreloj de EEUU y Europa por no quedarse atrás y la sensación de que el guion de la tecnología lo reescribíamos cada semana. Doce meses después, aquí estoy, lista para cerrar temporada y, sobre todo, para releer el arco narrativo que nos ha traído hasta aquí. Si algo ha quedado claro es que, en esta serie, nadie quiere ser personaje secundario: todas aspiramos a protagonizar la trama.

Para algunos, 2025 ha sido un año de vértigo, demasiado acelerado incluso para los estándares del género. Para otros, los más cínicos, vivimos rebozados en un hype multiverso donde nada es tan revolucionario como promete. Y lo fascinante –y profundamente inquietante– es que en este 2025 de realidad personalizada y algorítmica, todos pueden tener razón y vivir en su propio spin-off. Mientras unos observan cómo las dark factories chinas reinventan de arriba abajo el paradigma industrial, otros agitan el informe que publicó el MIT en septiembre confirmando que el 95% de los pilotos de IA fracasan estrepitosamente. Y todo es verdad.

Spoiler inevitable: estamos en tiempos exponenciales, aunque sigamos interpretando la realidad con cerebros diseñados para lo lineal. Lo que hoy apenas es un prototipo, en seis meses se convierte en prueba de concepto... y nueve meses después es capaz de darle la vuelta a una industria entera sin que nos demos cuenta.

Porque 2025 ha sido, sobre todo, el año en que asumimos una verdad incómoda: la digitalización no ocurre por combustión espontánea. No basta con invocarla. Hay que medirla, financiarla, profesionalizarla y, sobre todo, gobernarla. Y es justo ahí –en la gobernanza– donde empiezan a dibujarse nuestras luces y nuestras sombras.

España sigue siendo un país de micropymes, no de pymes. Parece un matiz, pero es una frontera estructural que marca nuestro futuro económico. A veces me recuerda a The Bear, ese chef con estrella Michelin intentando sacar adelante el local caótico que heredó de su hermano. Hay talento, hay esfuerzo, hay una determinación casi suicida por hacer las cosas bien... pero cuando los recursos son escasos, cada avance cuesta el doble y llega siempre un poco tarde.

Del mismo modo, el tamaño de nuestras pymes limita nuestra capacidad de competir, de escalar productos tecnológicos prometedores y de aprovechar las grandes tecnologías habilitadoras. En sectores como el tecnológico, demasiadas empresas brillantes sobreviven únicamente gracias a subvenciones o programas europeos, lo que distorsiona la competencia y frena la madurez del ecosistema.

Seguimos necesitando no sólo campeones nacionales, sino campeones intermedios, empresas medianas fuertes capaces de integrar talento, tecnología y recursos de compañías más pequeñas. La ansiada consolidación del sector no llegará sola: requiere políticas activas de fusiones y adquisiciones, y un marco de contratación pública que deje de premiar lo más barato para valorar lo más estratégico, sostenible y, en definitiva, alineado con nuestros intereses y valores.

En paralelo, 2025 también nos ha dejado un fenómeno que todos percibimos, aunque a veces prefiramos no mirarlo de frente: la erosión acelerada de la confianza pública. La proliferación de bulos, la polarización digital y la ansiedad social ante el avance tecnológico generan un caldo de cultivo perfecto para el desánimo y la desinformación. Y sobre este terreno, cualquier sociedad se vuelve frágil.

Por eso necesitamos, con verdadera urgencia, una alfabetización digital profunda con especial foco tanto en nuestros menores como en nuestros mayores, dos grupos que comparten más carencias de las que solemos admitir. Los primeros navegan como usuarios avanzados, pero sin comprender del todo las huellas y repercusiones a largo plazo de lo que hacen en la esfera digital; los segundos lidian con dificultades para integrar nuevas tecnologías en su vida cotidiana. Dos vulnerabilidades distintas, sí, pero igualmente críticas: no podemos pedir a la ciudadanía que dé un consentimiento informado sobre tecnologías cuyo impacto futuro ni siquiera comprenden. Sin comprensión no hay libertad, y sin datos verificables no hay democracia. Es aquí donde la datocracia –datos al servicio del empoderamiento ciudadano y la rendición de cuentas institucionales– debería evolucionar de eslogan aspiracional a infraestructura democrática de nueva generación.

Pero no todo son sombras. 2025 también nos ha desvelado los sectores donde –bien por liderazgo y oportunidad bien por necesidad acuciante– España debe enfocarse desde la economía digital: defensa, turismo, energía y todo lo relacionado con resiliencia ambiental y sector primario. En un año en el que los ciberataques se han incrementado notablemente, Europa ha asumido que la defensa ya no es sólo una cuestión militar, sino tecnológica, y eso abre una década de oportunidades para nuestro país. El turismo, uno de los grandes pilares de nuestro PIB, empieza a entender que su futuro pasa por convertirse en potencia exportadora de tecnología turística, no sólo en receptora de visitantes. La energía se revela como el auténtico sistema nervioso de nuestra digitalización: sin estabilidad energética no existirán centros de datos, electrificación de la movilidad ni infraestructuras inteligentes. De hecho, aunque no existe regulación que lo exija, la tendencia europea es conciliar el boom de centros de datos con suministros procedentes de renovables. Y nuestros retos ambientales y climáticos convierten a la tecnología –desde sensórica hasta gemelos digitales medioambientales– en herramienta imprescindible para proteger recursos, anticipar catástrofes y asegurar producción sostenible de alimentos.

Entonces, ¿qué nos trae 2026? Ojalá, ante todo, medida racional. La transformación digital ya no puede seguir siendo un relato épico que redactamos en un procesador de textos, sino un conjunto de indicadores que se monitorizan en una hoja de cálculo. En 2026, el éxito no será «digitalizar», sino digitalizar con resultados de impacto –eficiencia, sostenibilidad, resiliencia operativa, productividad y calidad del dato–. Las empresas capaces de convertir tecnología en retorno medible serán las que lideren; las demás permanecerán en ese terreno nebuloso entre el hype y la parálisis, atrincherándose en informes que insisten en que el progreso, en realidad, no es para tanto... hasta que llegue el día en que no reconozcan su propia industria.

Y nos trae, finalmente, algo más profundo: la necesidad de recuperar parte de la soberanía digital europea que llevamos tiempo perdiendo. Si no controlamos los datos, la energía, la computación y parte de la tecnología crítica que sostiene nuestro sistema social, no controlamos nuestro futuro.

2025 ha sido el año en que despertamos. 2026 debería ser el año en que actuemos. La nueva temporada ya está escrita en gran parte, pero el final –como en toda buena serie– dependerá de si elegimos ser protagonistas o dejamos que otros escriban el guion.

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