Opinión | Fuera de campo
Administrar una cínica fragilidad
Entre la Navidad y los Inocentes hay ciclos, tiempos y épocas que se definen por lo que dejan de proteger. Si no dan beneficio, no parece interesar su defensa. En el mundo actual se estila el desamparo y, con ello, nuestra sociedad renuncia a sus mecanismos simbólicos del cuidado ante la vulnerabilidad de derechos y necesidades. Entre la filosofía, la política y la moral, el trasfondo del pensamiento de Peter Sloterdijk y de Markus Gabriel funde significados ante los mitos clásicos.
Al robar el fuego a los dioses para entregárselo a los mortales, Prometeo inauguró la era de una Humanidad técnicamente capacitada pero ontológicamente expuesta. Desde su irreverencia en el pensar, Sloterdijk leería este gesto como el nacimiento de una Humanidad que rompe con la protección divina para entrar en una intemperie tan creativa como peligrosa. Y Gabriel vería en Prometeo el primer gran error del reduccionismo, el confundir el dominio técnico con la plenitud del sentido. El castigo eterno del titán nos recordará que técnica sin ética no elimina la fragilidad, ya que sólo la intensifica y desplaza.
Paradigma de la desmesura, vayamos a Ícaro. Advertido por Dédalo de no volar ni demasiado alto ni demasiado bajo, Ícaro ignorará todos los límites y se precipitará al vacío. Sloterdijk ha insistido en que la modernidad vive instalada en una cultura de la hybris, arrogancia de toda una práctica que celebra los ascensos permanentes, sin atender ni a la razón ni a la compasión. Ícaro no caerá por ignorancia, sino por su incapacidad de aceptar su condición de vulnerable. Y ante la autoafirmación del progreso y de su éxito, Gabriel encontraría aquí una advertencia clara contra la absolutización de un solo campo de sentido, que terminara negando cualquier realidad moral de límites. La torpeza de Ícaro será trágica al confundir posibilidad con derecho, incluso el poder con el bien.
Y quedémonos con un tercer mito, el de Orfeo ante los territorios de la confianza y la pérdida. Orfeo desciende al Hades para rescatar a Eurídice, pero fracasará no por falta de amor, sino por la desconfianza de volver antes de tiempo. Sloterdijk alinearía este gesto con la descomposición de la confianza compartida, mientras que Gabriel destacaría la fragilidad del sentido, o de cómo intangibles como la lealtad o la esperanza se diluyen y autodestruyen cuando se les trata como objetos que debieran ser siempre cotejados. Orfeo nos recuerda cómo la inocencia puede guardar esa valentía de creer incluso cuando no parezca haber garantías.
Adelantados a nuestro filósofo de moda Byung-Chul Han, Peter Sloterdijk y Markus Gabriel nos alientan con sus saberes. Sloterdijk ha construido una de las metáforas más fecundas del pensamiento contemporáneo: la de las esferas, esos espacios de sentido, de climas sentimentales, afectivos y simbólicos, que hacen posible nuestra vida. En 2003, en Esferas I: Burbujas. Microsferología (Ediciones Siruela), Sloterdijk ya afirmó que «vivir es siempre vivir-en», poniendo en valor al entorno como espacio «vivido y vivenciado», protector, conectado y compartido. Íntimo y social, la inocencia primera sólo es posible porque hay una esfera que la sostiene, pues nacemos en brazos y al cobijo de palabras, miradas y gestos, coexistencia en un ambiente común.
Sin embargo, la modernidad tardía no tardó en romper estas esferas, arrojándonos a la intemperie constante, obligando a la autogestión de las emociones, la competitividad y el establecimiento de corazas. Una mutación inmunológica, destaca Sloterdijk, en la que las antiguas defensas simbólicas han sido sustituidas por mecanismos psicológicos, técnicos y económicos, poniendo de manifiesto una Humanidad cada vez más expuesta y sin cobijo: obsesionados con la seguridad nos encontramos profundamente desprotegidos, y cedemos vida a cambio de propiedades y fronteras. Es el «cinismo ilustrado» al que con falsa conciencia alude Sloterdijk, pues sabemos del daño que produce el sistema, pero seguimos participando en él con ciega confianza.
Gabriel, por su parte, se enfrenta a esta misma crisis desde una crítica frontal al reduccionismo. Diez años más tarde que las esferas de Peter, su afirmación «el mundo no existe» nos recuerda que no hay una totalidad única que pueda explicarlo todo. Existen múltiples campos de sentido en los que aparecen distintas realidades, y reducir cualquiera de los ámbitos a uno solo -generalmente al técnico o al económico- es, sin duda, una forma de violencia simbólica y una merma de consecuencias éticas devastadoras. Para Gabriel, existen dimensiones de la realidad que no pueden ni deben ser instrumentalizadas, defendiendo así la dignidad y el respeto por todo lo que es humano.
Ahora, su reciente y último libro Hacer el bien (Editorial Pasado & Presente) Markus Gabriel se distancia de Byung-Chul Han y transforma su pesimismo en paradoja, acuñando un «liberalismo ecosocial» concebido para corregir las deficiencias de las formas anteriores del liberalismo político, y apostando por sociedades que no sólo avancen en modelos de progreso económico o tecnocientífico. Sloterdijk y Gabriel coinciden en que ya no acompañamos la vulnerabilidad, sino que la administramos. No es sólo una condición social, es también una estructura ontológica donde nuestra inocencia queda expuesta al mundo.
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